30 años 30 poemas: “No importa que las guerras tengan nombre” Renée Ferrer

El patriarcado es el sistema de opresión más antiguo y extendido del mundo. Además de las distintas discriminaciones y violencias (por clase, situación económica, etnia, creencias políticas y/o religiosas, situación de migración, etc.), sobre las mujeres recaen unas formas de discriminación, explotación y violencia específicas, por el hecho de ser mujeres. Por ello, ninguna transformación social auténtica puede prescindir de la perspectiva de género ni dejar de incluir en sus objetivos la erradicación del patriarcado. Una de las muchas caras de la discriminación de género es la invisibilización de las mujeres en los distintos campos del conocimiento y la acción humana. Desde ASPA, en este 30 aniversario, queremos dar espacio en nuestros boletines, a algunas de las muchísimas mujeres creadoras, en este caso, a mujeres escritoras, poetas, que alzan su voz contra las injusticias y los atentados a los derechos de todos los pueblos, denuncian las violencias ejercidas sobre las mujeres, reivindican los derechos de las mujeres como derechos humanos, y contribuyen, en fin, a la creación de un mundo más justo y más libre para todas las personas. Tras la nicaragüense Claribel Alegría, traemos en este boletín la voz de la escritora paraguaya Renée Ferrer, quien tan bien supo establecer el paralelismo entre la violencia machista patriarcal y la brutal violencia ejercida durante la dictadura de Stroessner, en su novela Los Nudos del Silencio. Su poema No importa que las guerras tengan nombre es un alegato contra las guerras que, en una y otra época, en uno y otro lugar, destruyen a los pueblos inocentes y favorecen a los poderosos que mueven los hilos en la sombra.

No importa que las guerras tengan nombre. Renée Ferrer

No importa que las guerras tengan nombre,
siempre serán un llanto
y un silencio,
un trágico desvelo
en los acantilados de la muerte.

Las aves agoreras beberán en los huesos
traspasados de viento
un sabor de abandono,
y partirá, aún doliente,
su vuelo fugitivo
hacia el tajo insaciable de la ausencia.

Se volverán los páramos albergue
de un pulso coagulado,
un alboroto en sombras,
y tendrán los crepúsculos
la calcárea tristeza del astro taciturno.

No importa que las guerras tengan nombre,
y un lugar en el tiempo.
El soldado que esparce sus pedazos
en la antesala del silencio
es siempre el mismo

 

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