Demagogia contra la inmigración: nuestros pobres, primero

Los nuevos puntales de la derecha española, Casado y Rivera, se han apuntado en los últimos días a la corriente europea de populismo identitario para meter miedo frente al extranjero, el diferente, y defender “lo nuestro”, algo que no necesita de más argumentos para sacar rédito electoral. Miramos al mar y este verano nos devuelve dolor y demagogia, simplismo y pocas miras de futuro. Javier Alberdi reflexiona sobre las mentiras de este discurso xenófobo.

Cada vez resulta más habitual encontrar en redes sociales reivindicaciones en favor de los “mendigos españoles” por parte de usuarios cuyos historiales de mensajes distan mucho de una actitud compasiva. La explicación a esta incongruencia radica en que el énfasis de esta presunta indignación no se fundamenta en las carencias que padecen los marginados sino en su nacionalidad. “Nuestros pobres, primero”, precisan en un simulacro de solidaridad.

En la actualidad, asistimos a una reafirmación del discurso del nosotros – en oposición al ellos- y en consecuencia a la exaltación y defensa de su derivado, “lo nuestro”: nuestra nación, nuestra gente, nuestra cultura, nuestras calles, nuestros trabajos, nuestros recursos públicos y, alcanzando el máximo grado de cinismo, “nuestros pobres”, aquellos que por definición difícilmente encajan en el ámbito de lo colectivo en tanto que si lo son es, precisamente, por haber sido abandonados por una sociedad inmisericorde.

Estas manifestaciones no suponen más que otra muestra del creciente rechazo hacia la diversidad que desde hace tiempo espolean frentes populistas que tratan de achacar a los procesos migratorios la mayoría de los males que padecen nuestras sociedades. Los llamados partidos identitarios han alcanzado una gran relevancia en la mayoría de parlamentos europeos y su influencia resultó vital en el triunfo del Brexit.

El declive económico auspiciado por la Gran Recesión en 2008 y el consiguiente debilitamiento del Estado del Bienestar, así como la pérdida de legitimidad de los partidos políticos tradicionales, fue el caldo de cultivo para la expansión de estas corrientes nacionalistas de carácter excluyente.

La vieja fórmula del enemigo exterior se ha demostrado muy efectiva mediante una incesante campaña de prejuicios falsos que, gracias al influjo de las redes sociales, han adquirido, para muchos, grado de verdad. En síntesis son: La inmigración aumenta el paro y la precariedad laboral, priva a los autóctonos de recursos públicos e incide en una mayor criminalidad. Las versiones más radicales todavía suben un poco más, si cabe, el grado de paranoia: las corrientes migratorias son una “invasión camuflada”, producto de un complot “orquestado para destruir el paisaje religioso y cultural de Europa y alterar sus cimientos étnicos y cuyo objetivo último es la eliminación de los Estados nación”, según palabras del primer ministro Viktor Orban en el discurso del día de la independencia de Hungría, en 2016, y que se ha convertido en toda una referencia para el identitarismo europeo.

Aunque si hay un personaje icónico para este movimiento, ese no es otro que Donald Trump. El actual presidente de Estados Unidos ha azuzado la xenofobia con descalificaciones hacia mexicanos y musulmanes, mediante decisiones tan controvertidas como la construcción del muro en la frontera con México o la reciente polémica por la separación de miles de niños de sus padres tras haber entrado ilegalmente en el país. De nada ha servido que gran parte de la sociedad estadounidense se haya manifestado en contra de esas medidas por considerarlas contrarias a los valores de un nación que es producto de una inmigración continuada desde su fundación. O que el conjunto de restricciones ya implementadas no hayan tenido ningún impacto positivo en la disminución del desempleo y ni mucho menos en un descenso de la delincuencia, un factor que Trump –en arreglo a la doctrina esencialista- también ha pretendido vincular, injustificadamente, a los recién llegados.

Y es que los argumentos esgrimidos tanto por el presidente norteamericano como por otros políticos xenófobos europeos no se ajustan a la verdad. Los estudios académicos corroboran, casi sin excepción, una relación entre inmigración y prosperidad. Las grandes corrientes migratorias están directamente relacionadas con periodos de crecimiento económico y reducción del paro. Podríamos afirmar que no hay mejor barómetro para medir el vigor de una economía que el saldo de inmigración.

Los inmigrantes son mano de obra productiva, pero también ciudadanos que pagan impuestos, consumen y crean nuevos negocios, que reactivan, por tanto, la economía y que aportan un saldo positivo a las arcas del Estado. Trabajadores, además, que en su gran mayoría se emplean en sectores con carencia de mano de obra autóctona. La paradoja reside en que, dado el acusado envejecimiento de los Estados más desarrollados, en un futuro el objetivo no será poner barreras sino competir para atraer a esos trabajadores, como desde hace años hacen países como Alemania y Canadá, sin que eso haya afectado negativamente ni a sus índices de paro -que son residuales- ni a la fortaleza de sus economías.

La creencia en una preponderancia de la inmigración irregular es otro de los mitos no fundados que han calado en la sociedad. Aunque la crisis de los refugiados suscitada por las guerras de Siria, Irak y Afganistán o la conflictividad en el Sahel han propiciado grandes desplazamientos, no por ello deja de ser una circunstancia porcentualmente minoritaria respecto a las cifras de inmigración globales (en España 9 de cada 10 inmigrantes están legalizados). La mayor parte de refugiados no tiene capacidad para desplazarse y permanecen en los países limítrofes a los conflictos. El 85% de los refugiados viven en países en desarrollo y solo uno entre los diez con mayor número de acogidas escapa a esa condición: Alemania, que ocupa la sexta posición.

Ello no impide la percepción de muchos ciudadanos occidentales de estar asumiendo actualmente un coste inadmisible respecto a una problemática que consideran no va con ellos. Pero, más allá de la conciencia de cada uno y de la responsabilidad que tenga Occidente en la situación de estos países – que difícilmente estará exenta de toda culpa-, un refugiado no es un emigrante en busca de trabajo, sino una persona que huye de una muerte casi segura. El derecho de asilo no es, como muchos creen, una ayuda que se otorga como un favor, sino un derecho que asiste legalmente a un perseguido en situación de riesgo, en arreglo a la Convención de Ginebra de 1951, que suscribieron todos los países de la Unión Europea.

Aun así, a muchas personas, bajo el influjo de estos discursos identitarios, no parece importarles que una gran cantidad de seres humanos sean asesinados, torturados, violados, esclavizados, forzados a la explotación sexual o que se expongan a morir ahogados en un intento de huir de la tragedia que les expulsó de sus hogares y del horror que sufren en los sitios de paso donde las mafias se enriquecen con ellos; como tampoco les importa la falsedad del discurso economicista y criminal en torno a los emigrados y que también utilizan para la construcción de un miedo social cuyo fin último es estigmatizar al que es distinto. Y es que lo que subyace sustancialmente bajo estas soflamas es un miedo a la pérdida de la identidad cultural como resultado de una cohabitación de realidades diferentes.

Las formaciones euroescépticas apuntan a la inmigración como un aspecto más de una globalización que amenaza con diluir las identidades nacionales y por ello reclaman el blindaje de las fronteras para frenar esta escalada. Pero los movimientos migratorios son tan antiguos como la propia Humanidad; rara vez en la historia se han conseguido regular por la técnica del cerrojo y el fenómeno de la globalización no responde más que al aumento exponencial de las interacciones, derivado del avance de las tecnologías de la información. Aislarse hoy en día resulta sencillamente imposible.

Las identidades colectivas no son más que unos rasgos específicos (idiomáticos, culturales, religiosos…) delimitados por una esfera de sociabilización concreta estabilizada durante un periodo de tiempo. Pero esa tendencia choca de lleno con la organización del mundo moderno. La evolución vertiginosa de las comunicaciones, alrededor de todo el planeta, nos induce a pensar que en un futuro lejano se tenderá a una cierta uniformidad. Lo que cabe plantearse ahora es si nuestra identidad presente constituye una esencia que debemos priorizar y defender, por encima incluso de las vidas de otros seres humanos con los que no compartimos la misma.

Según el biólogo Mark Pagel, profesor y jefe del Grupo de Biología Evolutiva de la Universidad de Reading (Reino Unido), el motivo por el que los humanos evolucionaron más que el resto de las especies se debe a lo que se conoce como la adaptación cultural acumulada que proporcionó el uso del lenguaje. Gracias a esta “tecnología social” nuestra especie adquirió, hace 200.000 años, una nueva y poderosa capacidad: la cooperación. Si los hombres hemos evolucionado ha sido gracias a nuestra capacidad de comunicación, que nos permite transmitir ideas propias y adoptar ajenas. De no haberlo hecho hubiéramos corrido la misma suerte evolutiva que los neandertales. El lenguaje abrió esa esfera que nos permitió compartir conocimientos, resolver crisis, llegar a acuerdos, cerrar tratos y coordinarnos. La cooperación fue el salto evolutivo más grande hacia la civilización y constituye por tanto el factor diferencial del ser humano. Nuestra única y verdadera esencia. Pongámosla en práctica.

Publicado en El Asombrario & Co.

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