Perú: apuntes a pie de mochila (II) Lima, ciudad sin límites

Habíamos escogido Perú para nuestro próximo viaje. Como viejxs amigxs y simpatizantes de ASPA (Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz) pensamos en el país andino por su belleza natural  y por ser un viejo objetivo de nuestro quehacer solidario desde hace años.

Mª José, Carmen y Lulú provenían del mundo de la enseñanza; Begoña, Blanca, Pepa y yo de la sanidad, y como anfitriona Amparo, nacida en Pucallpa, en la selva amazónica peruana.

El viaje tenía alicientes turísticos como Cusco y sus alrededores, pero también queríamos visitar la selva y otros lugares. En nuestra retina quedaron el Machu Pichu o el Inti Raymi, pero también la Lima de la imperceptible garua, la imponente selva o la Montaña de los Siete Colores.

Entre una cosa y otra visitamos a nuestrxs compañerxs de Guaman Poma de Cusco o lxs amigxs de la selva en rio Ucayali. Pequeños pero valiosos retazos de solidaridad.

En este recorrido estos fueron algunos apuntes a pie de mochila: 

LIMA, CIUDAD SIN LIMITES

La impresión del/la viajerx que visita Lima, después de varios años, es que ya no es una ciudad de criollxs, sino una ciudad mestiza, diversa, de todas las sangres como diría José María Angueda.

Una ciudad que crece a lo largo y a lo ancho como un monstruo devorador de 10 millones de personas que en pocos años fueron conformando barriadas, pueblos jóvenes, asentamientos humanos, cercando la ciudad.

Como sucediera en Caracas, Guayaquil, Bogotá o Ciudad de México las familias burguesas latinoamericanas, veían disminuir su importancia social y sus ingresos, y se quejaban de la desaparición de la clase acomodada, en los alrededores de sus ciudades surgía una sociedad distinta, que crecía y se desarrollaba sin pausa. Los habitantes de esos nuevos barrios, contrariamente a sus vecinxs del centro, durante los últimos 40 años vieron crecimiento y progreso en sus familias y en sus vidas. El abuelo, campesino rechazado por el campo, conquistó un pedazo de cerro o arenal y comenzó con una casita de cañas y cartones. El padre creció ya en primer piso de una casa de ladrillo y fue chófer de taxi. Finalmente, el nieto vio la casa con tres pisos y estudia para ser especialista en computación.

Este colectivo humano que se estira de forma continua es un crisol de “peruinidad”. Es criolla, es selvático, es serrano. Es la Lima chola.

La vieja y la nueva Lima se metamorfosean en una nueva realidad que esta vez sí las convierten en la capital de todxs lxs peruanxs.

El agua del rio Rimac, ese que dio nombre a la ciudad, ha visto crecer otras Limas de viviendas levantadas con el propio esfuerzo, mimetizadas con la  tierra de esta costa áspera y árida. Ha dejado de ser la capital española, la novia de Perú, para convertirse en una ciudad básicamente chola.

La identidad de la nueva Lima es la de los informales, las invasiones, las barridas, los pueblos jóvenes y los asentamientos humanos.

Lima ya no es Callao y los distritos tradicionales como Barranco, Breña Chorrillos, Jesús María, la Victoria, Lima Cercado, Lince, Magdalena, Miraflores, Pueblo Libre, Surquillo, Rímac y San Isidro, sino la Lima Norte, Este y Sur, la de los llamados Cono Norte, Cono Este y Cono Sur, que conforman la Lima Conurbana, palabra que en el diccionario precisa como zonas urbanas periféricas. Esta Lima Conurbana ha crecido de manera informal, en su mayor parte mediante invasiones; los 27 distritos los configuran un rico mosaico de vida y emprendimiento, aunque solo no suenen algunos de sus nombres como San Juan de Lurigancho, Villa Salvador, Puente Piedra, Comas o El Agustino.

Hace veinte años la miopía del limeño clásico, el habitante de los barrios tradicionales de Lima, llámense Miraflores, Rímac, Surco o Linces, pareció haber cerrado los ojos ante los cambios que comenzaban a operarse, quizá temeroso de perder su statu quo. Ellos siguieron viviendo durante mucho tiempo con la idea de que decir migrante era igual a decir pobre, y que decir pobre era igual a decir anticuado. Había una visión distorsionada del fenómeno migratorio. Se pensaba que la capacidad económica dependía de los salarios, la posesión de vivienda propia y un montante de gastos posible. No se tomó en cuenta entonces que los ingresos de esxs ciudadanxs desconocidxs eran muy variados, ocultos o impredecibles, pero cuyo monto se evidenciaba a simple vista, como en la construcción de sus casas. No se vio que el costo de sus productos (bienes y servicios) era mucho menor que el de los barrios clásicos y por tanto que su ingreso disponible era más alto que el previsto.

Aunque, en 1821, cuando José de San Martin proclamaba la independencia del Perú, Lima ya era una ciudad de mixturas (blancxs, negrxs, mestizxs e indixs) al día de hoy Lima se ha convertido en el verdadero crisol de un nuevo mestizaje peruano. Si en Perú puede proclamarse como de todas las sangres es la ciudad de Lima. Lima es la ciudad costeña más grande del país, pero también es, extrañamente, la mayor ciudad serrana y la más grande ciudad selvática de Perú. Más aún, si bien en Perú sigue siendo políticamente centralista, vive en Lima una descentralización, que la convierten en una capital de todxs lxs peruanxs.

El retazo solidario en esta Lima cautiva de la neblina es cuando visitamos el Policlínico del Rímac, junto al convento de los Descalzos y después de atravesar el paseo de Aguas, aquel lugar exclusivo que el Virrey Amat construyó para pasar con Micaela Villegas, “La Perrichola”. En el Policlínico nuestro gran amigo el Padre Severino Esteban nos enseñó las diversas estancias del centro médico construido con vocación de ayudar a la gente más desfavorecida y nos habló de la nueva comisión sanitaria a Cajamarca a llevar a cabo de inmediato. También hablamos de comisiones anteriores, particularmente de aquella a Genaro Herrera, en el Ucayali, donde alguno de nosotros acudimos. Estas comisiones son acciones sanitarias llevadas a cabo periódicamente por personal sanitario del Policlínico en puntos neurálgicos de Perú donde hay más necesidades de echar una mano.

En uno de los múltiples taxis que recorren la inmensa urbe del Rímac a Monterrico, los 60 soles que costó el trayecto merecieron la pena para viajar por el espinazo de esta ciudad que parece no tener límites, ver su diversidad, su continuo crecimiento, su incontables mezclas, aunque en mi retina, como una foto fija, quedaron grabadas, como un mosaico, la infinidad de casas que trepan por las laderas de San Juan de Lurigancho. ¿Hasta dónde quiere llegar esta ciudad sin límites?

Luis Pernía (Presidente de ASPA)

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