Perú: apuntes a pie de mochila (III) La sierra

Habíamos escogido Perú para nuestro próximo viaje. Como viejxs amigxs y simpatizantes de ASPA (Asociación Andaluza por la Solidaridad y la Paz) pensamos en el país andino por su belleza natural y por ser un viejo objetivo de nuestro quehacer solidario desde hace años.

Mª José, Carmen y Lulú provenían del mundo de la enseñanza; Begoña, Blanca, Pepa y yo de la sanidad, y como anfitriona Amparo, nacida en Pucallpa, en la selva amazónica peruana.

El viaje tenía alicientes turísticos como Cusco y sus alrededores, pero también queríamos visitar la selva y otros lugares. En nuestra retina quedaron el Machu Pichu o el Inti Raymi, pero también la Lima de la imperceptible garua, la imponente selva o la Montaña de los Siete Colores.

Entre una cosa y otra visitamos a nuestrxs compañerxs de Guaman Poma de Cusco o lxs amigxs de la selva en rio Ucayali. Pequeños pero valiosos retazos de solidaridad.

En este recorrido estos fueron algunos apuntes a pie de mochila:

La sierra

Otra realidad que llama la atención al viajero en este Perú inmenso, es la emigración de la población serrana hacia Lima y la región amazónica.

Aunque un 30% de la población peruana vive en la sierra, ha habido y hay una permanente emigración hacia Lima y la selva, particularmente desde la época de Sendero Luminoso y el MRTA, en torno a los años ochenta, cuando durante casi 17 años medio millón de serranos abandonaron sus lugares de origen.

La casa de la gente de la sierra son los Andes, esa inmensa cordillera, que nace a la mitad de Perú y como una gigantesca columna vertebral, recorre el país de norte a sur. Por término medio las poblaciones serranas se encuentran por encima de los 3000 metros sobre el nivel del mar. Viven bajo dos estaciones: la húmeda y la seca. Esta última que va de mayo a septiembre coincide con el invierno austral y aunque se considera verano la gente la entiende como invierno pues las noches son particularmente frías.De los 10 millones de indios peruanos, el 50% son indígenas andinos de ascendencia quechua. Los campesinos indígenas quechuas de las sierra son descendientes directos de los antiguos pobladores andinos, que englobaban el grupo étnico-linguístico quechua.

Leyendo “Las cárceles del emperador” de José Espinosa Sánchez, que narra la prisión política del autor durante la década del gobierno fujimorista entendí mejor el miedo y desamparo de la población civil. La deriva de estos casi 12 años de actividad de Sendero Luminoso la comprendí también al leer “Vladimiro, conversando con el Doctor” de Luis Jochamowitz, donde publica los “vladivideos” o cintas grabadas que han guardado los recónditos secretos de la corrupción acaecida en los años 90 bajo la férula omnímoda Fujimori-Montesinos. Pero, especialmente, me llamó la atención la lectura de “Memorias de un soldado desconocido”, de Lugio Gavilán Sánchez, que a los 12 años se enroló en las filas de Sendero Luminoso y tres años después fue capturado por el ejército convirtiéndole en recluta, gracias a lo cual puedo completar sus estudios escolares; más tarde se haría religioso franciscano y luego estudiaría Antropología; actualmente es profesor en la Universidad San Cristóbal de Huananga. Este libro narra con detalle el horror y violencia de la guerra de Sendero en Huanta, Huamanga, los poblados de la ceja de la selva de Ayacucho y también de los departamentos de Huancavelica, Purinac, Junin y Huanuco.

La realidad es que la guerra de Sendero Luminoso duro doce largos años y motivo el desplazamiento de numerosas personas de la sierra hacia Lima y la selva. Las cuotas de más de 20.000 muertos y más de medio millón de desplazados hablan por sí solas del drama vivido y son el punto de inflexión de esa emigración que se observa en la sierra. La emigración serrana a la amazonia comienza ya en 1940 con la construcción de carreteras penetración en la selva.

Los indios de la región andina combinan sus creencias tradicionales con los preceptos religiosos del catolicismo, conformando una fe muy similar al sincretismo. Así los indígenas serranos acuden los días de fiesta a los ritos religiosos clásicos, pero al mismo tiempo, perpetúan de manera cotidiana ciertas costumbres ancestrales provenientes de antiquísimos cultos establecidos mucho antes de la irrupción de los españoles. De todas ellas, quizá la más difundida sea la de las ofrendas, que o bien se tributa a los “apus” y los “auquis”, fuerzas espirituales de las montañas, o bien a dioses determinados, como Pacha Mama (madre tierra), el Kon-Tiki (dios Creador), el Inti ( el Sol) o el dios Titi (señor del lago Titicaca). Estas creencias se complementan con el uso de talismanes y las consultas a los brujos adivinadores. Recordar también que el mundo para los pobladores andinos era como un extensísimo tejido ordenado por los dioses. El Ica y los curacas eran divinos. Los jefes (el Inca, como síntesis) y los caciques y los curacas eran considerados sagrados (huacas). El Inca no podía tocar el suelo porque la tierra temblaba o se podían producir grandes catástrofes. En esta línea los ritos y costumbres andinas perpetúan tradiciones antiquísimas, desde el rito de festejar el primer corte de pelo y uñas a los niños y niñas pequeños, a los sacrificios de animales para provocar precipitaciones en tiempo de sequía, o las peregrinaciones a la sierra transportando un recipiente con agua de mar con el mismo propósito de la lluvia. Las ofrendas a la Pacha Mama son prácticas regulares en la época de la siembra, honrándose la tierra con chica, pisco, cervezas u hojas de coca.

La capacidad emprendedora de los serranos ha llegado a todos los rincones de Perú. Pero también sus cosmovisiones, el aporte del mundo incaico, su música, su lengua y la sangrita de toro, el camote de relleno, el anticucho, el quinoto de carne, el cuy chancado o la patasca de sus comidas. Ya no suena en Lima solo “El plebeyo” de Felipe Pinglo, sino las jóvenes mixturas de música nuevas traídas de la sierra con la impronta de la quena y el ritmo sereno del “Cóndor pasa”.

En nuestro viaje pudimos disfrutar de los vestigios del impresionante mundo incaico: Machu Pichu, Saasahuaman, Ollaitatambo, el Valle Sagrado ….

Pero también del trabajo solidario de Guaman Poma, contraparte de ASPA en muchos proyectos. De la mano de Lucio, actual presidente de dicha ONG pudimos contemplar los aledaños de Cusco donde la gente lucha por sobrevivir. Aquellas frágiles casas de adobes, aquellas cuestas interminables, aquellos niños que a duras penas podían ir escuela configuraban otro escenario al que en la lejanía hacían otras gentes celebrando el Inti Raymi. Particularmente nos llamó la atención la visita a las comunidades que rodean esta gran ciudad de Cusco. En Patabamba vivimos de cerca el valor y la fuerza de los pequeños proyectos de la cooperación internacional. Era emocionante ver encima de los tejados los pequeños dispositivos que a través de placas solares calentaban el agua de la vivienda, gracias a  la colaboración de ASPA. Después que Hermun, comunero presidente de Patabamba, explicaba cómo se organizaban y se abastecían sintiéndose orgulloso de su terruño y su gente, Lucio fue recordando los cuatro proyectos que por estas fechas estaba llevando a cabo ASPA en estos lugares:

Recordó otros proyectos ya finalizados, pero Hermun tenía que volver a su trabajo y nosotros bajar de la montaña. Luego de la visita a Orellana y por la carretera de vuelta Lucio fue señalando los espacios que a pequeños emprendedores se habían apoyado desde Guaman Poma como los restaurantes para la degustación del chanco o el cui o las panaderías. Al almuerzo vinieron Lucio y Eliana, secretaria de Guaman Poma, que hablaron con gran afecto de ASPA y la importancia de seguir haciendo cooperación con estos lugares. En la despedida Lucio y Eliana, recordaron la imperecedera frase de Gioconda Belli “la solidaridad es la ternura de los pueblos”.

Regresamos a Cusco, cuando el sol se ponía, mientras la carretera atestada de coches parecía llevarnos en volandas a la impresionante fiesta del Inti Raymi del día siguiente.

Luis Pernía (Presidente de ASPA)

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