El “blues” de Llanchama o como las petroleras destruyen la Amazonía

“La codicia del hombre separa el paraíso del infierno”

Octubre de 2013. El puerto de Francisco de Orellana (Coca para los nativos) es el sitio de partida. Tenemos por delante doce horas de navegación en canoa por los ríos Napo y Tiputini hasta llegar a la comunidad Llanchama, última comunidad kichwa antes del territorio waorani.

Llanchama se ubica dentro del Parque Nacional Yasuní, un territorio declarado Reserva de la Biosfera por la UNESCO en 1989. Las riquezas de este paraje selvático no se reducen a los combustibles fósiles que yacen bajo su suelo. El Yasuní, la mayor reserva natural de Ecuador con más de 900.000 hectáreas, es considerada una de las regiones  con más biodiversidad del mundo, tanto en flora como en fauna. Es además el hogar de dos de los últimos pueblos indígenas que se mantienen en aislamiento voluntario. Todo ello hace que la explotación petrolera en este territorio sea muy sensible.

A lo largo del Napo nos vamos cruzando con enormes barcazas que trasladan trailers llenos de crudo y maquinaria pesada de unos campamentos petroleros a otros y hasta Coca. Un triste presagio de lo que puede ser el Yasuni si no paramos la entrada de las petroleras.

Tras dejar el Napo y remontar durante una hora el río Tiputini nuestra canoa llega a la comunidad de Llanchama. En este momento la comunidad está viviendo en una situación de resistencia frente a las presiones y engaños que están ejerciendo Petroamazonas y el Gobierno ecuatoriano para que firmen los acuerdos que permitirían la explotación petrolera en su territorio. Según nos relatan, como la comunidad no quiere firmar con Petroamazonas, su estrategia ha sido llevar a las asambleas a los médicos de la compañía, ofrecer dinero a los pobladores, o decirles que todas las otras comunidades ya habían firmado, cosa totalmente falsa.

“Las comunidades indígenas del Yasuni tienen miedo y hay factores que les hace firmar sin conocer bien los acuerdos: el no comprender el lenguaje técnico con el que les hablan, ni los documentos de estudios de impacto ambiental que a veces les presentan. Y están más expuestos porque las petroleras no les dejan negociar con asesores externos”, agrega Enrique Morales (de la Prefectura de Orellana), quien da capacitación en temas ambientales a estas comunidades. “El negocio se hace directamente con los dirigentes o grupos de colonos, quienes en algunos casos no han terminado la secundaria”. 

La comunidad de Llanchama sabe muy bien cuál es su tesoro: la belleza de la enorme biodiversidad y vigorosidad de la naturaleza. De la mano de sus habitantes pudimos apreciar la riqueza que supone la selva para su forma de vida: hay árboles que sirven para curar el “mal aire”, para rallar los alimentos, hacer canastos, como anticonceptivos, para hacer artesanías, curar una mordedura de serpiente, o hacer instrumentos de viento. Todo lo necesario para la vida está en la selva a la que pertenecen. Sin selva, dejan de ser quienes son.

La comunidad de Llanchama, por tanto, tiene claro por qué no quiere la explotación petrolera en su comunidad, así lo han decidido en sus asambleas, y el relato de sus habitantes es casi unánime contra la llegada de las compañías petroleras. Estas personas mantienen gran parte de su forma tradicional de vida y la llegada de Petroamazonas a su territorio implica la destrucción de su agua, de sus piscinas, de sus cultivos, los animales que cazan y pescan, la aculturación y pérdida de los saberes tradicionales, etc.

Además, en Llanchama tienen ya la experiencia del engaño de las compañías petroleras. Hace algo más de 15 años, la compañía CGC hizo un pozo de exploración en su territorio, dejando una piscina de desechos que con las lluvias ha rebosado en múltiples ocasiones, y prometió un puñado de dólares por la construcción del pozo y del campamento de trabajadores que nunca entregó a la comunidad. Además, realizaron la “sísmica 2D”, reventando literalmente la vida en las lagunas, que tienen un fuerte contenido espiritual, y tras las explosiones, emergieron una gran cantidad de animales muertos, dejando sin espíritus a estas lagunas sagradas, según los pobladores del sector.

La experiencia de la CGC, dejó un profundo sentimiento de humillación y engaño, que se puede apreciar en las caras de las personas de Llanchama cuando relatan lo sucedido. Dicen que en esa ocasión no sabían las consecuencias de dejar entrar a la compañía, pero ahora están concienciados y experimentados, y no volverán a dejarlas pasar.

Heriberto Machoa tiene 65 años y ha vivido siempre en Llanchama. Está seguro de que lo único que han traído las petroleras son “enfermedades y problemas”. “No nos dieron nada”, dice con una mezcla de resignación y molestia. “Esa experiencia nos ha servido bastante. Por eso decimos, no molesten. ¡Déjennos vivir tranquilos!”.

Andrés Machoa, cuenta que el año anterior representantes de una petrolera estatal amenazaron con apresar a los dirigentes y con entrar con la fuerza pública a su territorio, considerado ancestral, si no firmaban los convenios para que ingrese la compañía.

 “Hay algunos que están a favor porque trabajan en la petrolera”, relata Mereira Grefa, quien vive allí con su esposo y seis hijos. “Con la explotación vienen muchas enfermedades, todo va a quedar contaminado, no vamos a tener dónde cazar”, dice. Esa minoría que está a favor cree que las petroleras les proveerán de servicios básicos, deslizadores, canoas de carga, escuelas … ellos consideran que van a existir beneficios y que no se producirá daño al ambiente. Pero la mayoría de los habitantes de la comunidad no creen lo mismo. Desconfían de que vayan a recibir beneficios con la explotación de los bloques 31 y 43. En el viaje de vuelta a Coca nos acompaña Olmer Machoa, hijo de la presidenta de la Comunidad de Llanchama.  

Aprovechamos el viaje de vuelta para hablar con Olmer. Considera que vivir en el Parque Nacional Yasuní es un privilegio y le preocupa la explotación del ITT. El territorio de Llanchama está dentro del bloque 31 y un 20% en el 43. A sus 24 años, ama los regalos de la selva, donde la canasta básica se llena con la carne de la cacería o de la pesca y la yuca o el plátano.

Los bloques  14, 16 y 17  están en el Parque Yasuní. Aunque ya se construye el 31, debe aprobarse junto al 43. Teme que la extracción del crudo dañe el bosque, contamine los ríos y termine con los recursos  de los que la naturaleza les provee. Dice que la mejor herencia para su hija de once meses es un hábitat colmado de plantas y animales. “A nosotros una petrolera nos quería pagar 20 dólares por cada una de las 11.000 hectáreas que afectaría para el estudio sísmico 3D, con eso detectaría dónde hay petróleo. Los explosivos usados matarán a unos animales, mientras a otros como el armadillo, al sahíno, a la guanta, el temblor les cerrará las madrigueras, ya que tienen sus refugios bajo el suelo. Matarán a muchos insectos, se cerrarán los riachuelos. ¿Con 20 dólares se puede comprar toda la diversidad que existe en una hectárea?”, razona.

En sus reflexiones también incluye a las plantas: “En un lugar contaminado dejarían de crecer especies con fines curativos, como los árboles de donde se saca la sangre de drago; el sandi, que es purgante y vitamina; o el chugchuguazo para los reumatismos”.

Considera que la fortuna que dejaría el “oro negro” no se puede comparar con la enorme cantidad de flora y fauna del Yasuní, que bien aprovechada serviría para  proyectos de turismo comunitario. Ha escuchado decir que para acceder al eje ITT la empresa petrolera no abrirá carreteras, es decir que todos los materiales destinados a la construcción de campamentos y plataformas llegarán vía aérea y  fluvial. Esta circunstancia le hace suponer que por los ríos Yasuni y Tiputini entrarán gabarras y botes con motores potentes, aquellos que producen ondas enormes en el agua. Tales olas y ruido, precisa, dañarían a las especies acuáticas. La anaconda, el manatí, el lobo marino, o los peces como el  paiche y el camitane podrían ser perjudicados.

Pero el impacto ambiental no es lo único que inquieta a Olmer Machoa; también siente incertidumbre por los probables conflictos que surjan a raíz de la explotación.

Se queja porque hace un año la petrolera les recomendó aceptar el dinero y permitir los estudios sísmicos, porque si no lo hacían iban a entrar en las comunidades con las fuerzas del orden. Sin embargo, asegura que los 250 habitantes de la localidad  no cederán un centímetro. Respaldan la opción de una consulta popular y esperarán que la Asamblea Nacional se pronuncie.

Eso sí, agrega, les desagrada el rumor de que la comunidad waorani Kawymeno sí que negociaría una posible entrada a la exploración desde su territorio. A Olmer le quita el sueño pensar en enfrentamientos entre comunidades, unas a favor de extraer el crudo y otras por mantener el crudo bajo la superficie.

Cinco años después vuelvo a encontrarme con Olmer Machoa. Hoy vive en Tiputini, un pequeño pueblo a orillas del río Napo, a una hora en lancha de Llanchama. Allí trabaja como conductor de canoas para el gobierno municipal de Aguarico. Surca los ríos de la Amazonía, por donde navegan a diario grandes embarcaciones cargadas con los materiales necesarios para explotar el petróleo.

Llanchama, la comunidad de la Amazonía ecuatoriana que más fuertemente se opuso a la llegada de las petroleras a la reserva natural del Yasuni, es un territorio dividido. La compañía estatal Petroamazonas consiguió que los habitantes de este poblado a orillas del río Tiputini accedieran a la explotación petrolera.

Convencidos por las promesas de empleo e inversiones sociales, los moradores de Llanchama votaron a favor de la entrada de la industria del crudo a su territorio en el proceso de consulta previa organizado por el gobierno ecuatoriano.

Ahora, muchos se arrepienten de su decisión. “Las personas que estaban a favor han llegado a un límite de darse cuenta de que todo lo que la empresa ofrecía eran solamente engaños, no los cumplieron”, me cuenta Olmer.

“En 2013 denunciamos a Petroamazonas por ingresar ilegalmente al territorio de Llanchama, aunque el juez falló a favor de la empresa. Los militares y la policía me apresaron, pero más tarde me dejaron libre”, me cuenta un Olmer convencido de que el Estado hizo uso de juego sucio para acallar su voz.

La oposición de Olmer no fue suficiente para convencer a la mayoría de los habitantes de Llanchama, quienes a cambio de votar a favor de la entrada de la petrolera han recibido, entre otras cosas, dos hidrodeslizadores mucho más rápidos que las canoas tradicionales. “La empresa consiguió dividir a la comunidad al sobornar a la directiva, les dieron un puesto bien pagado y les compraron la conciencia”, denuncia.

El resto de los habitantes no salieron tan beneficiados. “Dentro de la comunidad solo trabajaron cinco personas, el resto nada. Y los que trabajaron lo hicieron por tres o cuatro meses, después se acabó todo, a pesar de que la empresa decía que el empleo iba a ser estable”, continúa.

El impacto provocado por las petroleras es claros e irreparable. “Hay daños a nivel de la naturaleza, daños a nivel social, a nivel de la salud de las personas, de la organización política de las comunidades”, me dice. “Se crea una división incluso en el interior de las familias, entre los que están a favor y los que están en contra de la industria petrolera, enfrentando a padres con hijos o entre hermanos”, asegura.

Y sin embargo en Llanchama la vida sigue. En esta comunidad perdida en uno de los rincones más remotos de la Amazonía ecuatoriana, la población continúa con sus vidas a pesar de los estragos causados por la petrolera. La mayoría de los animales, su principal fuente de alimento, se han alejado huyendo del ruido de los taladros y se han llevado consigo las posibilidades de éxito de su proyecto de turismo comunitario. Han visto como muchas de sus tradiciones se ha evaporado ante la llegada de una industria que requiere mano de obra barata y temporal, que inyecta dinero en una sociedad antes acostumbrada a la auto subsistencia.

Fausto Guzmán (socio de ASPA)

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