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Refugiados sin refugio

Con el mismo eslogan, que presidió el trabajo de las organizaciones de acogida, durante primer semestre del año, empezamos el nuevo curso, donde, por desgracia, no han aminorado las noticias negativas en relación a las personas migrantes y refugiadas: hay proyectos de construcción de nuevas vallas en Europa, continúan los asentamientos de refugiados en Grecia, aumenta el número de menores no acompañados en el mundo y se contrata a Frontex con tres millones de euros para trasladar a los refugiados de las islas griegas a los puertos turcos.

En nuestro país las cosas tampoco han ido como se esperaba. De las 16.000 personas a las que se ha comprometido el gobierno no han llegado a 400, en un goteo intermitente. Y durante el verano se han visto con más nitidez los dos problemas que afectan al esfuerzo de las entidades que trabajan directamente en la acogida, como son CEAR, Cruz Roja y ACCEM, como son las incoherencias y erráticas políticas europeas de inmigración y las reticencias a los programas que ofrece España, prefiriendo irse a otros países, sobre todo a Alemania.

Sin títuloNo se ve luz al final del túnel en una solución humanitaria a las personas refugiadas, a pesar de los buenos deseos de la reunión de alto nivel, estos días, de jefes de Estado y de Gobierno sobre refugiados y migrantes en la sede de la ONU. Así, mientras el Reino Unido, en un plan de ‘seguridad’ pactado con Francia, pretende alejar a los inmigrantes de Calais con la construcción de un muro de un kilómetro de largo, presupuestado en 21 millones de euros, que estará terminado antes de que acabe el 2016, otros trazos oscuros dibujan el cuadro sobre la situación de los refugiados al comienzo del curso.

La primera pincelada es que sigue en pie el acuerdo alcanzado el pasado 20 de marzo entre la Unión Europea y Turquía, conocido como ‘Acuerdo de la vergüenza’, que supone la devolución a Turquía de todos los inmigrantes irregulares y refugiados que lleguen a las islas del Egeo a partir de esa fecha. A cambio se estudia, con cierto mimo, la adhesión de Turquía a la UE y se negocia que los ciudadanos turcos pueden acceder sin visado al territorio Schengen, aunque por el momento este aspecto está paralizado y Turquía exige su cumplimiento. El pacto se selló bajo la excusa de que se podía considerar al país euroasiático como un lugar seguro y, por tanto, capaz de albergar allí a los refugiados que huyen de la guerra y tratan de acceder a Europa. El golpe de Estado de principios de julio, los recientes atentados que han sacudido al país, así como la sombra de la restauración de la pena de muerte en Turquía demuestran que está lejos de los estándares de ‘país seguro’, que recoge la Convención de Ginebra. Otra pincelada es que, a pesar de un premeditado silencio, el flujo de llegadas no se ha detenido. Aunque es considerablemente menor, las llegadas por la ruta Turquía-Lesbos no han dejado de producirse. Antes del 20 de marzo, cada día llegaban a la costa griega una media de 1.740 migrantes. Tras el pacto, la media estaba en 47, aunque en las últimas semanas la cifra ha aumentado a 100 y se prevé que los acontecimientos en Turquía puedan reactivar esta ruta. La consecuencia del acuerdo no es el cerrojo al tránsito en el mar, sino la reactivación de vías más peligrosas, como la que va de Libia a Lampedusa. En lo que va de año, más de 160.000 personas han accedido a Europa y cerca de 4.000 han perdido la vida en el mar. Entre ellos centenares de niños.

Objetivamente, la situación de los campos de refugiados, que abarrotan el país, es menos dramática de lo que cabría imaginar. Aunque sobreviven en naves industriales, descampados o hacinados en tiendas de campaña, se les garantizan tres comidas al día, ropa, agua, luz y una sensación de cierta seguridad. Estas medidas podrían aceptarse como temporales, pero las autoridades hablan de que es posible que los procedimientos de solicitud de asilo se demoren hasta dos años. En la actualidad, se calcula que entre 40.000 y 70.000 personas están atrapadas en Grecia. Las 10.000 personas que se encontraban en el campo de Idomeni, en la frontera con Macedonia, fueron realojadas a partir del 24 de mayo en los alrededores de Tesalónica, al norte del país. Seguir leyendo Refugiados sin refugio

de Sur a Sur, nº 82: Xenofobia y solidaridad rivalizan en la Jungla de Calais

En una Europa a la deriva en relación a las personas refugiadas, las ONGs y organizaciones proinmigrantes venimos denunciando las medidas que están asumiendo algunos países europeos. Medidas que pasarán a la historia de la infamia por la terrible violación de derechos humanos que suponen. Dinamarca ha comenzado a confiscar el dinero en efectivo de las personas refugiadas que supere los 1.340 euros. Países como Suecia, Holanda y Finlandia han anunciado deportaciones masivas. Mientras el periódico británico The Independent denuncia que miembros, algunos de ellos uniformados, de una milicia armada de extrema derecha llevan a cabo una campaña de violencia sin precedentes contra los inmigrantes que están en  el llamado campo de la Jungla, en la localidad francesa de Calais. Y en muchas de nuestras fronteras se construyen muros y alambradas que impiden la entrada de quienes tienen pleno derecho a la circulación por vías legales y seguras, y a una adecuada acogida.

calais1Hemos escogido este botón de muestra de la situación en Calais a través del artículo “Xenofobia y solidaridad rivalizan en la Jungla de Calais” de Andrea Olea publicado recientemente en Diario Público.

Los actos racistas y las muestras de solidaridad se multiplican al mismo tiempo en Calais, la ciudad del norte de Francia convertida en última etapa para miles de refugiados que sueñan con llegar a Reino Unido. La manifestación que este fin de semana recorrió sus calles en apoyo a los emigrantes, terminó en altercados con la policía y varias detenciones, escenificando la tensión creciente que vive la localidad.

Vista desde el aire, la Jungla se asemeja a un inmenso mar de plástico azul y blanco. Situado a apenas cinco kilómetros de la ciudad francesa de Calais, frente al Canal de la Mancha, este asentamiento acoge a más de 7.000 emigrantes de una quincena de nacionalidades que esperan dar el salto definitivo a Inglaterra: afganos, sudaneses, sirios, etíopes, eritreos… un paseo entre sus calles enlodadas se convierte en un recorrido por un mapa de conflictos.

En este gigantesco poblado, formado por chabolas y precarias estructuras de madera, todo es extremo: el frío, el viento, el barro. La Jungla es como un ser vivo que respira, inspira y expira, engulle y escupe a personas de muy distintos orígenes con dos cosas en común: una odisea a sus espaldas hasta su llegada a Calais y el sueño de alcanzar Reino Unido, considerado la verdadera Tierra Prometida.

Las cifras oscilan, pero en los últimos meses el número de habitantes de la Jungla ha explotado: de 3.000 personas pasó a 10.000, y en la actualidad se estima que malviven en ella entre 7.000 y 8.000 habitantes.

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