Assane Diallo «Tardé seis años en llegar a España, pero tenía la esperanza de cumplir mi sueño»

Solo en el año 2017, un total de 17.614 personas llegaron en patera a las costas andaluzas, un 185% más que el año anterior, según datos oficiales de la Delegación del Gobierno en Andalucía. Unas cifras que desatan titulares alarmantes en los medios de comunicación que hablan de «avalanchas», servicios «desbordados» y «colapso» por la llegada de inmigrantes de forma irregular. Las ONG que trabajan a diario para ayudar a estas personas tratan de matizar este mensaje e intentan acabar con los prejuicios sociales ante los fenómenos migratorios. Málaga Acoge, por ejemplo, lleva tres años llevando a cabo la campaña ‘Stop Rumores’. Pero sin duda, la mejor forma de acabar con mitos es conocer historias en primera persona. Por eso, diferentes asociaciones organizan charlas en centros escolares o para otros colectivos para que sean las propias personas inmigrantes las que expliquen su periplo y, sobre todo, qué les empujó a marcharse de sus países.

Una de esas historias es la de Assane Diallo (29 años), que lleva casi siete años en Málaga y que pasó seis años de su vida intentando llegar a Europa. Assane ha visitado diferentes institutos, colegios y bibliotecas malagueñas  dentro del proyecto “Mi viaje duro dos años: construyendo espacios de encuentro intercultural entre personas inmigrantes y jóvenes andalucxs para contar su viaje a niñxs y adolescentes, para que conozcan las razones que empujan a alguien a migrar y, de paso, que sepan valorar lo que tienen.

«Nací en una aldea muy pequeña cerca de San Louis (al norte de Senegal); la gente se dedica al pastoreo y la agricultura, pero las lluvias son escasas», dice Assane, que desde muy pequeño se marcó el propósito de ayudar a su madre. «Allí las mujeres sufren mucho y llevan todo el peso de la casa», dice. Desde los seis años trabajaba yendo a por leña o agua porque «había que caminar más de diez kilómetros de ida y vuelta para conseguir cinco litros de agua», señala Assane, que tiene más de 18 hermanos de diferentes madres, porque allí está permitida la poligamia.

Siempre fue un chico curioso, así que cuando tenía ocho años su padre lo llevó a la ciudad a estudiar. Pero la escuela allí no tiene nada que ver con la española. Vivía solo en la calle y mendigaba para poder pagar al maestro sus lecciones sobre el Corán. «Si el alumno no consigue reunir el dinero, el maestro te pega, así que al final acabas robando y te acostumbras a eso», recuerda. Asegura que al narrar a estudiantes malagueños esta realidad, cuando ellos tienen aquí educación reglada y gratuita, no se lo pueden imaginar.

Tras seis años con este profesor, a los 14 años volvió a su casa. Esa noche, no había nada para cenar. Fue entonces cuando decidió que tenía que salir a labrarse un futuro. Una mañana, sin decirle nada a su madre, se fue con la firme intención de llegar a Europa para salvar a los suyos de la pobreza. «Tardé seis años en llegar a España, pero tenía la esperanza de cumplir mi sueño», señala.

No fue fácil. Primero intentó cruzar por Mauritania y por el desierto para llegar a Marruecos. Assane nunca olvidará aquellos días. Trató de pasar por la frontera con el Sahara, por lo que tenía que esconderse de los militares. Al sexto día caminando por el desierto, se quedó sin agua. «Fue muy duro, pero pensaba que si en la Antigüedad la gente lo cruzaba a pie, yo también podría», dice. Caminaba de noche y por la mañana temprano, y dormía como podía en las horas fuertes de sol. Para no perderse, dejaba los zapatos señalando la dirección en la que iba. «Ya no me quedaban fuerzas, llegué a beber mi orina; bebía y vomitaba para volverlo a beber», dice. Asegura que en esos momentos, pensó en que ojalá ninguna persona más tuviera que pasar por lo mismo. Se acordó de su madre, y de que no tendría ni siquiera un cadáver que velar. Cuando ya no pudo caminar más, se abandonó a su suerte. Se durmió y al despertar vio a unos camellos cerca. Sobrevivió gracias a que pudo ordeñar algo de leche. Aunque al final le apresaron los soldados y no pudo pasar la frontera.

Luego, probó por Mali, cruzó por Burkina Faso y Níger para pasar a Libia e intentar dar el salto a Italia. De allí fue a Túnez y Argelia para intentar de nuevo llegar a Marruecos. En todo ese tiempo, se mantuvo de la ayuda que le ofrecía la gente en el camino. «Siempre encuentras a alguien que te da un poco de agua y comida», señala. Hizo muchos kilómetros a pie, en tren o en autobuses. A veces, se establecía un tiempo en alguna ciudad y trabajaba de lo que podía para conseguir algo de dinero. La policía le pisó siempre los talones y en alguna ocasión acabó en la cárcel por no tener en regla los papeles. También hizo a muchos amigos en el viaje, familias que le ayudaron y compañeros de camino con los que compartía su sueño europeo e información sobre cómo lograrlo.

Una final de la Champions

Por fin, consiguió llegar a Nador (Marruecos) y de allí a Castillejos, cerca de Ceuta. Cinco veces intentó cruzar la valla sin suerte. Al final, con unos amigos compraron una balsa hinchable y se lanzaron al mar. «Se jugaba un partido de fútbol, el Barça-Mancherster United en el año 2011, así que pensamos que los guardacostas estarían despistados», dice. Tras 19 horas en el mar, llegaron a Gibraltar y de ahí a La Línea de la Concepción (Cádiz). Ya en Málaga, ha encontrado un hogar. Convive con una familia española, ha aprendido el idioma y ha regularizado su situación, unos papeles que le permitieron volver a Senegal a visitar a su familia tras 12 años sin verla. Ahora, espera su oportunidad laboral.

Extracto del artículo de AMANDA SALAZAR publicado en SUR

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