Mi experiencia en Perú

Después de tres años, regreso a Perú. Una vez más, el viaje se hace eterno: de Granada a Málaga; de Málaga a Madrid; de Madrid a Lima; de Lima a Cusco. Más de veinticuatro horas de viaje. Escalas, comida basura en los aeropuertos, comida más basura aún en los aviones y niños llorando con el único propósito de no dejarme conciliar el sueño, el cual, por lo demás, estaba vedado desde un inicio, habida cuenta de las dimensiones que dejan las aerolíneas entre asiento y asiento.

“¿Por qué me he metido de nuevo en esto?”, me preguntaba a mí mismo. ¿Acaso no había sufrido ya las incomodidades de viajar a Perú tres años atrás? Recuerdo el primer día que llegué a Lima en mi primer viaje; un lugar “diferente”, inhóspito, dominado por el caos de una circulación de vehículos a motor nada organizada. Pitos, ruido, humo y niebla. Así viví mi llegada al país andino. Tras el viaje interminable en avión, me dirigí a Huancavelica, la famosa “tierra del mercurio” de la que nos hablaba Galeano en su libro Las venas abiertas de América Latina. Tuve que tomar un autobús de doce horas de duración para llegar desde Lima a Huancavelica, y cuando llegué, lo primero que noté fue la falta de oxígeno propia de una sierra de más de 3.500 metros de altura. Recuerdo que el trayecto del bus se interrumpió escasos minutos antes de llegar al final del recorrido porque los sindicatos de profesores habían convocado una huelga y estaban quemando neumáticos en medio de la carretera.

Pero no he venido a contaros aquella experiencia, sino esta. Y he de decir que Cusco tiene mucho y a la vez nada que ver con Huancavelica. En común, que ambos están en la sierra; más allá de eso, y del pollo a la brasa, el chaufa o el caos circulatorio, pocas cosas había que se parecieran. Y es que Cusco, a diferencia de Huancavelica, era un lugar visitado, explotado y pensado para el turismo; a uno le daba la sensación, por momentos, de estar en un país europeo, ya que, si paseaba por el centro –si te dejaban pasear los comerciales, más bien– solo veía españoles, franceses, alemanes, ingleses, estadounidenses, etc. Es la consecuencia más inmediata de la globalización, a saber, los lugares han perdido el encanto propio y genuino que le imprimen sus habitantes autóctonos, los verdaderos “originarios”.

El caso es que me esforzaba, y mucho, por diferenciarme del típico turista que va a Cusco únicamente a visitar museos, parajes naturales, catedrales de la época colonial y restos arqueológicos: Machu Picchu, el Valle Sagrado de los Incas, el Cerro de los Siete Colores, etc. eran lugares sobredimensionadamente explotados por el occidental blanco. Pero de esto nos ocuparemos más adelante; por ahora, baste con saber que me negué en rotundo en participar de esa dinámica casi esquizofrénica de visitar el máximo de lugares posibles.

Cuando llegué al aeropuerto de Cusco, la ONG con la que iba a trabajar, Guamán Poma, había enviado un conductor a recogerme. Se llamaba Clement. El tipo era joven, de unos veintitantos años. Parco en palabras, me pareció alguien cercano a su manera; lo cierto es que a veces no entendía muy bien lo que decía. Es curioso como una misma lengua puede cambiar tanto de un continente a otro. En cualquier caso, Clement me dejó en mi “hotel”, para descansar e intentar recuperar fuerzas tras el jet lag propio de un viaje de 25 horas. Allí, en ese mismo hotel, conocí a otras voluntarias, también de Granada, que viajaban con el mismo programa que yo. Fui curioso pensar en lo pequeño que puede hacerse el mundo en ocasiones. Esa noche conocí a quien, en un primer momento, iba a ser mi responsable dentro de la ONG, Eliana, una mujer encantadora y trabajadora.

La primera noche fue terrible, como lo fue hace tres años. Hacía un frío del carajo y yo estaba ubicado, dentro del hotel, en una habitación enorme. Mi cerebro estaba en otro lugar. La verdad es que fue bastante incómodo. “¿Qué demonios hago aquí?”, me pregunté. Es normal que a uno le asalten dudas en esos momentos. Entre el cansancio, físico y mental, y los problemas de adaptación iniciales, el resultado más probable es el desasosiego.

En mi primer día de trabajo conocí a varias personas con responsabilidades dentro de la ONG, entre ellos Lucio, el director, y me presentaron a quienes iban a ser mis dos compañeras durante los próximos dos meses: Eider y Sandra. Las dos venían de cooperantes con el Programa Vasco de Cooperación. He de decir, en este punto, que ya desde el principio sentí debilidad por Sandra, una chica inteligente, con quien tenía feeling al hablar y gracias a la cual mi estancia fue mucho más enriquecedora. Las conversaciones eran habituales y conseguir crear un espacio de confianza bastante bonito.

La casa en la que nos ubicaron no estaba mal, pero tampoco era para tirar cohetes. Tuvimos que batallar durante muchos días con la casera y la ONG para hacer arreglos básicos en el baño, la cocina y las habitaciones. Al final, el sitio se convirtió en habitable, si bien es cierto que el frío no desaparecía nunca, por lo que era necesario estar abrigado dentro en todo momento, ataviado de mantas varias. A mí me tocó la habitación ubicada más arriba, la más caliente, que tenía baño propio y la azotea justo al lado. Fui afortunado. La única pega: entraba tanta luz que me tenía que despertar sí o sí a las seis de la mañana (sí, en Perú no existen las persianas y tampoco había cortinas). Sandra era fumadora, así que echamos muchos ratos de charla en la azotea. Me hablaba de su vida en Bilbao, su pareja, su familia, su trabajo y sus aficiones. Visitamos Cusco y fuimos a cenar a varios sitios durante las primeras semanas, hasta que, llegado el momento, nos hicimos más caseros.

En cuanto al trabajo, durante mis primeras semanas estuve con el resto de voluntarios españoles, trabajando en temas de agua, saneamiento, viviendas, etc. Hicimos varias visitas de campo, conociendo a la gente de las comunidades. No encajaba muy bien en esa área de trabajo dada mi formación, por lo que tras estos compases iniciales, me ubicaron en Escuela de Gobernabilidad, un sector dentro de la ONG que se dedicaba a la mejora de la gestión pública. El coordinador de Escuela de Gobernabilidad, Igor, era una persona brillante e inteligente, con quien enseguida congenié; charlamos, quedábamos fuera del trabajo para cenar y tomar algo, y, en definitiva, nos hicimos amigos.

Igor me mandaba mucho trabajo. Organicé muchas actividades y, de su mano, me fui involucrando en proyectos de mayor calado. Llegué incluso a impartir clases para capacitar a los funcionarios en la región de Cusco, lo que para mí fue altamente satisfactorio. Hice muy buenas migas con la gente de Escuela de Gobernabilidad: Laura, Raúl, Ingrid y tantos otros. Sin ellos, mi estancia habría sido totalmente distinta. Me sentí acogido y querido en todo momento. Siempre digo que soy más de personas que de lugares, y por eso dediqué mi tiempo a ellos más que a viajar y echarme selfies por doquier.

Entre el trabajo, los chicos de Escuela de Gobernabilidad, Sandra y algunas salidas, los dos meses se me pasaron bastante rápido. El regreso estaba cerca, y debería de embarcarme de nuevo en aviones, escalas y tiempos de espera. No voy a aburriros con los proyectos, las actividades o los sitios que visité. Considero que lo importante en este tipo de viajes es la experiencia, eso que queda en el interior y que implica o supone un cambio. Si Perú me ha dado tanto no ha sido por lo que allí ha ocurrido –que también–, sino porque al regresar he traído conmigo un cambio de perspectiva. El ver “otro mundo” me ha permitido enriquecer el modo en que veo las cosas, las relaciones humanas, mi propia vida.

Gracias, o con la excusa de un voluntariado internacional, se abre la posibilidad de vivir esta experiencia. Por mi parte, Perú, en dos ocasiones, me ha permitido conocerme más y más profundamente. Es cierto, uno puede ayudar, cooperar o dejar cierto impacto allí donde está, pero lo más relevante aquí no es eso, sino lo que uno interioriza y nunca le abandona. No he vuelto a ser la misma persona tras mis dos viajes a Perú.

Al regresar, estuve feliz por volver a mi familia, a mi novia, a mis amigos. Pero, al mismo tiempo, estaba triste por haber dejado Cusco. Las comodidades que no tenía allí eran ampliamente compensadas por otras cosas, más importantes, a las cuales, quizá, no le prestamos la debida atención. Lo que me reconforta, en cualquier caso, es la certeza de saber que, algún día, volveré a Perú.

Daniel Perez Díaz, Ha disfrutado de una beca del CICODE – Universidad de Granada para la realización de actividades de voluntariado internacional, durante dos meses, en los proyectos que ASPA lleva con Guaman Poman en Perú.

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