Venezuela y la politización de la ayuda humanitaria

Humanidad. Imparcialidad. Neutralidad. Independencia operativa. Según lo dispuso la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en sendas resoluciones de 1991 y 2006, esos son los cuatro principios que deben estar presentes en las acciones de ayuda internacional para que sean calificadas de humanitarias.

Los dos últimos se refieren específicamente a los envíos asistenciales a naciones azotadas por catástrofes naturales o de factura humana (guerras, enfrentamientos internos, sublevaciones y un largo etcétera), cuya finalidad, más que mitigar el sufrimiento de la población afectada –aunque eventualmente pueda hacerlo–, es llevar agua al molino de la política. No importa de qué signo sea esa política. Se trata, en cualquier caso, de poner en evidencia a quienes utilizan el daño y el dolor de las víctimas del desastre o el conflicto con el propósito de ganar simpatizantes para su causa. En los términos del citado organismo internacional, el principio de neutralidad establece que los actores humanitarios no deben tomar partido en los enfrentamientos o controversias políticas, ideológicas, raciales o religiosas que ocurran en los países que reciban la ayuda. Y el principio de neutralidad operativa prohíbe que la acción humanitaria esté ligada a los objetivos políticos, económicos o militares que el país que proporciona la ayuda pueda tener en las zonas donde ésta tenga lugar.

Lo anterior no pasa, sin embargo, de ser una declaración de buenas intenciones: en la práctica, cuando la ayuda está dirigida a estados donde ha habido o hay un conflicto de proporciones (Kosovo, Irak, Libia y Somalia son buenos ejemplos de 1999 hasta hoy), las naciones ricas, con Estados Unidos en primer lugar, se encargan de convertir lo que debía ser un acto de solidaridad en uno impúdicamente propagandístico.

La presunta –y muy promocionada– ayuda que Estados Unidos, Alemania y Canadá ofrecen a Venezuela sería, de concretarse, un acabado ejemplo de propaganda política, empezando por que ese país atraviesa por una severa crisis política, no humanitaria. Ésta última se define como una situación de emergencia generalizada que exige ayuda masiva, sin la cual podría convertirse en catástrofe, escenario que no es actualmente el de la cuna de Bolívar, con todo y sus problemas.

La ayuda propuesta por Trump y sus aliados en este caso parece más producto de una preocupación por el reconocimiento de un gobierno paralelo y autoproclamado, que por el destino del pueblo venezolano.

En este contexto, las declaraciones del presidente López Obrador en su conferencia de prensa matutina del pasado viernes 8, en el sentido de no mezclar la ayuda humanitaria con los asuntos políticos, son una ratificación de la postura que la cancillería mexicana tiene sobre la delicada coyuntura en la que se encuentra Venezuela.

Editorial de La Jornada (México)

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