¿Qué es la maldad?

La maldad va de Aylan ahogado en una playa de Turquía a Valeria ahogada en el río Bravo. Esos dos niños demuestran con sus muertes que la maldad existe. Son la prueba de la crueldad de Occidente, cómo el primer mundo se ensaña con el cuarto mundo. Cómo nos encanta mirar hacia otro lado. El tercer mundo hace mucho que no existe. Ahora hay un cuarto mundo que es el de los que no tienen nada. El de los padres de Valeria que la cogieron en El Salvador con apenas un año de vida y se la llevaron a cruzar Centroamérica, porque en su país no encontraban una manera decente de salir adelante. La llevaron para comprar el sueño de Estados Unidos. Un sueño que no existe. Que no tiene visa ni tiene nada. Que es una pesadilla monstruosa. Que es morirse en el fango del río Bravo por la inacción de los políticos o por su acción racista y excluyente. El relato de cómo fueron los hechos, cuya foto una vez más conmocionó a los que vivimos en los países ricos durante un rato, el rato que nos dura la imagen en la cabeza, mientras tomamos el café con cápsula, y luego nos encapsulamos de nuevo en el absurdo de nuestro mundo, en el que sí hay bienes, víveres, vacaciones, recursos. Un mundo en el que la palabra crisis es dura, pero muy distinta de lo que era la existencia para Óscar Alberto Martínez, de 24 años; y su mujer Tania Vanessa Ávalos, padres de Valeria.

El relato de la madre es espeluznante. Añade desastre al desastre. Aunque las versiones son confusas, cansados de esperar, el padre se decidió como tantos otros a cruzar el río, sin saber que no era río, sino que era la laguna Stigia, donde solo les esperaba Caronte. El caso es que logró pasar a la orilla de las barras y las estrellas, la de la supuesta salvación. Dejó allí a Valería, que a su año y pocos meses, pensó que todo era un juego como en la película La vida es bella. Su padre volvió a por la madre, al lado mexicano. Y ese bebé pensó que todo era broma y risa y se echó al agua otra vez, en lugar de esperar quieta, como le había dicho su padre. Al observar los padres que la corriente se la llevaba, él se tiró al río para volver a recogerla. Y no fue capaz. Su inmenso corazón, ese corazón que deja a la hija y que va a por la madre, para que pase la familia entera. Ese corazón que se tira para salvar a su cría de una muerte que se acerca. Ese corazón enorme se empapa y se hunde. Junto a su pequeña. Luego los dos son hallados, con Valeria metida debajo de la camiseta de su padre. La policía supone que Óscar la alcanzó y que la introdujo bajo la ropa para que no se la volviese a llevar la corriente. Así apareció con el pequeño brazo sobre el cuello de su padre, dos cuerpos muertos. Se acabaron las fuerzas. Se acabó el sueño. Se acabó la vida. Y este cuento también se ha acabado, sin más. Aquí nadie come perdices. La maldad.

César Casal. “La Voz de Galicia”

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