Los santos inocentes

Para expertos en migración e infancia, el uso de la palabra  “mena” invisibiliza el hecho de que estamos hablando de niños y adolescentes que han llegado a nuestro país sin sus familias y que se encuentran en situación vulnerable.

No me refiero a la conocida película de Mario Camús, sino a la historia de los menores inmigrantes que pululan por nuestros barrios y que conforman uno de esos mundos perdidos y  cuya línea roja nunca debería traspasarse por su especial vulnerabilidad: son niños, extranjeros y están solos.

Precisamente cuando hablamos de derechos humanos, lo situamos como una cuestión de adultos, dejando casi siempre  en el olvido los derechos de los menores. Según datos del Ministerio del Interior, España tenía acogidos o tutelados por los servicios de protección de menores de las comunidades autónomas a 12.262 niños y niñas a julio de 2019. La cifra es superior a la de diciembre de 2017 (6.414), pero algo inferior a la de 2018. Según un informe de la Generalitat sobre los cerca de 3.000 menores migrantes que había en Cataluña en marzo de este año, el 91% no tenía requerimientos policiales o judiciales. En su mayor parte proceden de Marruecos y Argel, y tienen edades más cercanas a la adolescencia que a la infancia. También son mayoritariamente niños y no niñas. Como explican Save the Children y el antropólogo García Castaño, no hay tantos datos sobre entrada de niñas porque a menudo llegan en redes de trata, con lo que su situación es aún más grave.

¿Qué está sucediendo? Si vemos la evolución del término “mena” en las búsquedas de Google, podemos apreciar cómo hasta este año apenas se hablaba de estos adolescentes y que los máximos picos coinciden con el verano, asociado al repunte en algunos delitos en Barcelona, atribuidos a algunos de estos menores, y con la semana de campaña electoral en noviembre. Efectivamente en la reciente campaña electoral ha aumentado la criminalización hacia los menores extranjeros, que durante mucho tiempo se les ha deshumanizado bajo el concepto “mena”, acrónimo de “menores extranjeros no acompañados”. El término “mena”  cada vez más frecuente en discursos públicos y políticos, se utiliza de forma despectiva y electoralista por parte de la ultraderecha, que conceptúa  a estos adolescentes  como delincuentes extranjeros que deberían volver a su país.  Para expertos en migración e infancia, el uso de esta palabra invisibiliza el hecho de que estamos hablando de niños y adolescentes que han llegado a nuestro país sin sus familias y que se encuentran en situación vulnerable.

Viendo el nivel de riesgo que se está produciendo, Unicef España hizo una acertada campaña en redes sociales donde tacha ese concepto y lo sustituye por “niño”. Porque son lo que son, y como son menores necesitan protección y atención. Lo hizo porque los señalan como delincuentes cuando no lo son y porque eso atenta a su presunción de inocencia y al derecho que tienen de que no existan “injerencias arbitrarias en su vida privada, su domicilio, ni de ataque a su honra y su reputación”. Una línea rojísima, que se ha traspasado, como son los casos, que se han llevado a cabo en El Masnou en Catalunya, en el barrio de la Macarena en Sevilla o en el  Centro de Menores de Hortaleza en Madrid.

Por eso asociaciones como la propia Unicef o Save the Children pidieron a Fiscalía que investigase posibles delitos de odio contra los menores inmigrantes. Algunos se darán golpes en el pecho reclamando la libertad de expresión, pero la hay, lo que sucede  es la paradoja de Karl Popper, y es que no se puede ser tolerante con la intolerancia.

Sintetizando la cuestión hay que reconocer que efectivamente el flujo de menores que migran solos ha aumentado en los últimos años.  Las cifras de la Memoria de la Fiscalía del año 2017 ponen de manifiesto que se ha incrementado el número de menores llegados en patera a nuestras costas, como lo ha hecho también el número de menores que pasan la frontera terrestre de Ceuta y Melilla.

Pero las cifras no lo dicen todo. Por ejemplo, cuando nos cuentan que el 97,05% de los migrantes menores son varones, nos indican que las niñas, que también migran, son invisibles porque circulan en el submundo de la trata de seres humanos.

También es cierto que se han reducido drásticamente las plazas de primera acogida, perdiéndose la capacidad de reacción de las administraciones públicas ante situaciones de incremento de llegadas. A esto se une el hecho de que los centros de primera acogida debieran ser centros de derivación rápida (una vez determinada la situación de desamparo del menor y asumida su tutela por la Administración autonómica) hacia recursos específicos en que haya menos niños, donde se les pueda atender adecuadamente.

Existen, a su vez, problemas con los menas en los centros de protección de la infancia de las CCAA con  denuncias relacionadas con las condiciones de aislamiento, hacinamiento, maltrato psicológico y físico en centros de Madrid, Cataluña, o Melilla, que obviamente se han llevado a la Fiscalía y al Defensor del Pueblo.

Cuando se cumplen 30 años de la firma de la Convención de los derechos del Niño en la ONU las organizaciones sociales que trabajan con niños  piden que el Estado y las comunidades cumplan los derechos legales y constitucionales de los menores. Porque más allá del déficit asistencial, vinculado a la falta de recursos, existen problemas de índole sistémica muy enraizados, como los fallos  en el procedimiento de determinación de la edad de los menores, el derecho a ser oído, y a que la preservación del interés superior del menor sea la ratio decisoria principal; pero especialmente los retrasos en el acceso a la documentación de los menores generan barreras para acceder al mundo laboral, a la solicitud de nacionalidad, a la regularización de su situación una vez alcanzan la mayoría de edad, de modo que las garantías legales no se corresponden con garantías reales en un alto porcentaje de supuestos.

Los delitos de odio tan recurrentes por una de las formaciones política más en el alza y que están siendo denunciados a la Fiscalía en Sevilla, Madrid o Valencia recuerdan el relato bíblico de Herodes, quien mandó degollar a todos los niños recién nacidos del entorno de Belén porque uno de  ellos  pudiera complicar su poltrona y bienestar. Aunque la razón fundamental es  aquella que apunta la filósofa Adela Cortina, que son niños y son pobres y puntualiza  “cuando vienen los turistas sacamos en los periódicos con mucho entusiasmo: han venido 81 millones de turistas este año. La cuestión es para los extranjeros que no vienen con dinero, sino del otro lado del Estrecho, en  nuestro caso, o en EEUU donde se pone una valla para los mexicanos (…) pero no para los jeques árabes. Esta mezcla lleva a preguntarse si molestan los extranjeros o lo que molestan son los pobres, aunque sean niños”.

Luis Pernía Ibáñez (ASPA y Plataforma de solidaridad con los inmigrantes de Málaga)

Artículo publicado en Diario Sur, el 18 de diciembre de 2019

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