La vacuna de la esperanza

En nuestra juventud y edad madura, creemos saber muchas cosas cuando, en realidad, lo que nos pasa es que, sencillamente, deseamos que se note que existimos. Un adolescente suele hablar disparando cañonazos, lanzando bombas, y lo mismo pasa con los adultos que nos ametrallan con sus opiniones. Con el paso de los años se aprende que todo eso son cohetes lanzados en el cielo del destaque que desearíamos obtener. Y, poco a poco, uno admite saber cada vez menos cosas, pero esas tienen hondura y funcionan como ventanas abiertas para amplios horizontes.

Una de las lecciones que el tiempo me ha enseñado es que no hay cosa mala que no pueda dar origen a una realidad buena. Todo, incluso los desastres, conspira para la posibilidad del bien. A veces necesitamos algún tiempo para descubrir la senda de bondad que nace de las embestidas de la desgracia. Pero tarde o temprano nuestra mirada se ilumina, las tinieblas se disuelven y ahí está en fin un camino de claridades.

La pandemia del coronavirus es en este momento una fotografía borrosa. Podemos darle las vueltas que queramos a la lente de comprender que algo quedará siempre desenfocado. El tiempo de esta enfermedad y sus consecuencias nada tiene que ver con el trepidante ritmo informativo. Se impone, pues, la cautela en lo que se dice, en lo que se escribe. La sociedad ha pasado ya por una fase humorística, en la que este virus permitía todo tipo de bromas, y ahora hemos entrado en una etapa apocalíptica, con la gente combatiendo el fin del mundo con munición encontrada en los anaqueles de los hipermercados.

Creo que algo está claro: esta enfermedad será un reto para Europa. En primer lugar, un desafío técnico: ¿cómo superarán, por ejemplo, nuestros sistemas sanitarios resquebrajados por la austeridad de estos últimos años el problema de la multitud de personas que a ellos acudirá? En segundo lugar, será puesto a prueba el civismo de la población: ¿logrará una sociedad aparentemente algo desestructurada hacer frente a esta crisis? Por fin, surge la cuestión económica. Algún día nos pasarán la factura, pesada seguramente, de las medidas que ahora estamos teniendo que tomar. Ante este secreto, silencioso terremoto sanitario del coronavirus, cuyo grado en la escala de Richter aún está por determinar, no sabemos qué se derrumbará y qué seguirá en pie.

Pero también hay paisajes positivos que se abren. En primer lugar, mientras el mundo se desacelera, como un tiovivo que se detiene, nos estamos dando cuenta de que el planeta y nuestras vidas en él podrían ser diferentes. Es verdad que habrá serios problemas económicos, pero de momento el coronavirus ha derrotado al dinero, quizá la divinidad más cruel de la actualidad. Las bolsas nos sueltan latigazos todos los días, a ver si volvemos a darle vueltas a la noria financiera, pero no les hacemos mucho caso. De repente, ya no se adora al dios déficit en los altares de la política europea. Y es hermoso que, por fin, le demos a la vida humana más valor que a los billones de la globalización.

El mundo actual es un vertiginoso correteo de la codicia alrededor de la Tierra. Esta avidez ciega está socavando los equilibrios naturales. Hoy en día, el Saturno de Goya tiene entre sus garras a nuestro planeta, que devora estúpidamente. No obstante, a la Tierra le bastará con desperezarse, cambiando su clima, por ejemplo, para hacernos añicos. La pausa impuesta por el coronavirus plantea que este carrusel planetario de insaciables actividades lucrativas no es fatal. Gradualmente, los cielos son más claros, el aire más puro. Se otea así la posibilidad de una globalización más mesurada y razonable. De hecho, las enfermedades pueden permitir que nos replanteemos nuestra vida. Y, a veces, después de sufrirlas, nacemos de nuevo para una biografía completamente distinta.

Este es el reto más sutil del actual desafío sanitario: cuando todo esto se acabe, ¿querríamos vivir como lo hemos hecho estos últimos años? Esta pregunta ganará profundidad a lo largo de los días, al mismo tiempo que el dolor irá, desgraciadamente, aumentando con una escalada, aún imprevisible, del número de víctimas, cada una de ellas un precioso ser humano al que debemos rendir homenaje.

Es muy importante cumplir con las medidas de prevención. Debemos profesar, en las celdas de nuestras casas, como monjes cartujos de la emergencia sanitaria. Pero el cumplimiento de estas normas genera una extraña ceguera, que nos transforma en topos enterrados en sus gestos rituales. Por consiguiente, mientras el tiempo no pasa en las ventanas que nos rodean, reflexionemos. Recemos nuestras memorias y pensamientos. Tarde o temprano entenderemos que quizá todo esto constituya una invitación a que vivamos de otra manera. “Hoy es el primer día del resto de mi vida”, canta el músico portugués Sérgio Godinho. El deseo y la esperanza de un mundo mejor, más sereno y equilibrado, pueden ser una vacuna contra muchos de los miedos, de las angustias que está generando el coronavirus.

GABRIEL MAGALHÃES. Escritor portugués

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