Contagiarse en una favela de Brasil

Cuando se recorre una de las 500 favelas de la ciudad de Fortaleza en tiempo de coronavirus, la sensación es que no pasa nada, niños correteando o jugando a la pelota, grupos de mujeres sentadas en grupo charlando, personas en bicicleta vendiendo desde dulces a cocos helados, el sol pegando como en un mes de agosto en Málaga, las pintadas en las paredes advirtiendo qué facción de trafico de drogas domina esa parte del barrio, la música con volumen altísimo que sale de cada una de las casitas de ladrillos visto que siempre tienen las puertas y ventanas de par en par y ese olor que proviene de las alcantarillas abiertas al aire libre que salen de las casas sin saneamiento. La única diferencia es que la mayoría de las personas mayores llevan mascarillas, que confeccionan las mujeres que tienen máquinas de coser en sus casas.

Al comienzo, parece una gran irresponsabilidad de las personas, pero cuando se sabe que en las favelas viven familias enteras en un cuarto, que la media es de 4 o 5 hijos, que muchas familias son monoparentales con la mujer como responsable y el hombre ”desaparecido” y que todo trabajo es precario y la gente sale a buscarse la vida para conseguir el pan de ese mismo día, se percibe que es casi imposible mantener el confinamiento y la distancia social.

Y paralelamente a la falta de confinamiento, Brasil aumenta los números de contagios y muertes por coronavirus. En los últimos días de abril se sobrepasó los 5000 muertos, y 78.000 contagiados, convirtiéndose en el segundo país a nivel mundial con más nuevos infectados y muertes es ese momento, solo por detrás de los EEUU. Y la USP (Universidad de San Paulo) afirma que, debido a la subnotificación, los casos en Brasil estarían en 1,2 millones de personas.

Este macabro parecido con los EEUU no es lo único que unen a ambos países, también les unen el tener un presidente que ha minimizado la pandemia en pro de la economía (Bolsonaro afirmó que el coronavirus era una “gripezinha”, se pasea por las ciudades dando abrazos a sus fanáticos seguidores y hace bromas con los muertos con expresiones como ”Yo soy Mesías, pero no hago milagros”. Eso sí, siempre rodeados de sus ministros hombres y militares (solo hay una mujer en su gobierno, siendo esta evangélica y antifeminista).

Toda esta crisis sanitaria va unida a una crisis política, donde Bolsonaro ha destituido en plena pandemia al ministro de sanidad, porque seguía las indicaciones de la OMS; al ministro de justicia, porque no le ofrecía informaciones sobre las investigaciones de sus hijos, sospechosos de la muerte de una concejala opositora de Rio de Janeiro; ha criticado al Supremo, a los gobernadores que alientan el confinamiento, y un largo etcétera. Eso sí, se protege con dos ejércitos, el militar y el ejército de pastores evangélicos que en los templos y en los numerosos programas de televisión predican la lealtad al líder, al mito, al Mesías Bolsonaro. Y la iglesia católica calla en una prudencia antievangélica.

Cuando salió el Partido de los Trabajadores del poder en 2017, la primera iniciativa aprobada por el Congreso fue la Propuesta de enmienda a la Constitución (PEC 241), por la que se congelaba durante 20 años todos los gastos públicos en Sanidad, Educación y Servicios Sociales, por lo que esta pandemia llega en una situación de extrema debilidad de la sanidad pública.

Hoy, 30 de Marzo del 2020, las urgencias de los hospitales, de los UPAS ( Unidades de Pronto atendimiento) y de los hospitales de campaña que cada Gobernador ha construido en sus Estados, están desbordados. La pandemia solo crece y crece en Brasil, se cree que el pico, que en Europa ya llegó hace tiempo, aquí llegue en junio. En Brasil, sin líder, sin referencias sanitarias, sin plan de contención del virus, se escucha un grito desde los tejados: SALVESE QUIEN PUEDA.

Fortaleza, 30 de abril del 2020

Javier Garcia