La solidaridad universal es la cura, la justicia global la vacuna.

La llegada de la COVID-19 nos enfrenta a una emergencia sanitaria global como nunca habíamos visto. Es un fuego que no entiende de fronteras políticas ni geográficas y que se extiende sin freno. Sabemos que todas las personas estamos en riesgo. Pero en este mundo globalizado cada vez más complejo e interdependiente donde lo local y global son vasos comunicantes, serán las personas y los países más vulnerables quienes sufrirán con más intensidad las llamas de este incendio. Y cuando las brasas se vayan apagando veremos un panorama desolador por las graves consecuencias sociales y económicas en todo el planeta.

Ningún país puede contener el incendio solo, y ninguna parte de nuestras sociedades puede ser olvidada si queremos enfrentar efectivamente este desafío global.

No hacen falta grandes conocimientos para comprender que los países empobrecidos no tienen el músculo económico, político e institucional necesarios para responder con contundencia a esta emergencia sanitaria. La fragilidad de sus sistemas públicos de salud, junto a la debilidad institucional o la falta de recursos, vaticina un más que probable colapso de sus servicios de salud. Y, también lo sabemos antes de que suceda, todo ello unido a una gran crisis económica y social, en la que los más vulnerables tienen las de perder.

Tenemos que interiorizar que la respuesta a la COVID-19, o es global, y sin dejar a nadie atrás, o no será efectiva ni eficiente. No podremos contener la pandemia quedándonos en nuestras casas y paralizando nuestra economía, sin contenerla en América Latina y en África. Si algo confirma esta pandemia es que somos interdependientes, que la solidaridad universal es la cura, la justicia global la vacuna.

La cooperación internacional es una pieza imprescindible del engranaje para tratar de evitar que la pandemia vuelva como un búmeran.

El confinamiento, además, nos ha hecho reflexionar sobre qué es lo realmente importante y necesario para la vida humana en armonía con el medio natural. Se ha puesto al descubierto el cielo azul al bajar el uso de los automóviles. Hay que repensar la economía, lo que hacemos, lo que producimos, qué es lo realmente necesario. Hemos visto que aquellas tareas que son básicas en la vida: los cuidados, la producción de alimentos, la limpieza no estaban siendo bien valoradas. Hay que repensar y reorganizar todo. Hay que generar una corriente que favorezca el decrecimiento en lo inútil y el crecimiento en lo realmente útil e importante.

Foto: Niños de la calle en Togo (ONG MAREM)