La Solidaridad de un árbol

El domingo, 24 de mayo, ASPA cumple 33 años, como decía aquel “la edad perfecta”

Cuando escribo estas reflexiones ya han pasado los momentos más duros del confinamiento por la pandemia del coronavirus. Pero los contagios en todo el mundo, la visita inesperada de la muerte, el trauma de tantas personas que no han podido acompañar a sus seres queridos en las últimas horas de su vida, los problemas económicos, las mil y una soledades … van a dejar una huella duradera en nuestras historias personales.

En este contexto la mirada a las calles y plazas desiertas ha sido también un símbolo elocuente de nuestra propia fragilidad. Sentimos que algo muy sustancial estamos ignorando para mantener la vida del ser humano y del planeta. ¿Se nos ha apagado la solidaridad? Lo advertía ya muy acertadamente en el siglo pasado el filósofo y premio nobel de literatura Henri Bergson: disponemos de un cuerpo muy grande, decía, y de un alma muy pequeña. Necesitamos un “suplemento de alma”. Creo que ese suplemento es la solidaridad.

Precisamente hablando de solidaridad, en estos días del confinamiento, me he parado a pensar que ASPA es como uno de esos árboles que tanto me impresionaron  en la  Amazonía o en las sabanas de Benín o Togo.

Un árbol que se deja acariciar por el calor del sol, por la luz, por el agua de la lluvia y de las corrientes subterráneas, por la tierra, por el aire en movimiento. Tiene raíces, que lo hacen profundo; tronco, que lo hace fuerte; corteza, que lo protege; ramas y hojas, que lo abren a otros seres; flores, que lo hacen bello; frutos, que lo hacen sabroso. Crece hacia abajo, hacia arriba y a lo ancho. Siempre crece, mientras está vivo. Muestra la sabiduría de la vida.

Mas la sabiduría del árbol es también la sabiduría del cuidado. El agua cuida del bosque y el bosque cuida del agua. El bosque cuida de la limpieza del aire y de la vida animal, y el aire limpio cuida de la vida de los demás seres, incluidos los humanos. El árbol muestra que el cuidado es el mejor regalo que recibimos de la vida, de la Madre Tierra, y que podemos devolver a la vida, porque las relaciones de cariño no son características exclusivas de los seres humanos sino de todos los seres vivos, cada uno desde su experiencia de vida. Es cierto que la Tierra no necesita de nosotros; somos nosotros los que necesitamos de la Madre Tierra, porque es ella la que nos proporciona lo que la vida requiere (Leonardo Boff). Por eso, el primer sentimiento nuestro, el primer signo de complicidad con ella, ha de ser de agradecimiento, no de utilidad, de explotación o de abuso.

La solidaridad, que es también una forma de cuidado de nosotros mismos y de los demás, va a tener un papel importante en nuestro reencuentro con lo esencial de la vida, con lo profundo de ella, dejando de lado la hojarasca.

La verdadera solidaridad nunca ha sido una postura romántica ante la realidad sufriente o la festiva, alejada de ella. Todo lo contrario: es encontrar el agua en la hondura del pozo de nuestra persona para que fertilice nuestra humanidad. No es tampoco individualismo, sino comunidad; no es mero sentimiento, es compromiso con la gente, con la Tierra. No es un lujo para quienes tienen satisfecho lo básico, es para todos. Es el árbol que tiene raíces, tronco, ramas, hojas…, que crece hacia abajo para poder crecer hacia arriba.

Como he titulado este escrito, “la solidaridad de un árbol” puede enseñarnos no tanto ideas y normas cuanto la sabiduría de la vida en un momento tan crítico como el que estamos pasando.

Y en la postal de felicitación por nuestro 33 aniversario pondría la frase de Mahama Gandhi “la mejor manera de encontrarte a ti mismo es perderte en el servicio a los demás”.

Luis Pernía