Pandemia mundial, solidaridad universal

¿No es extraño que nos empeñemos en soluciones nacionales ante una pandemia mundial? ¿Qué está pasando? La amenaza del coronavirus sólo se puede vencer mundial y cooperativamente. Como tantas otras amenazas. Habrá que prepararse para la partida.

Estamos viviendo una pandemia mundial. Ningún país está potencialmente a salvo de la elevada tasa de contagio del virus SARS-CoV-2? en humanos, ni de su relativamente alta letalidad cuando desarrolla la enfermedad covid-19. En apenas unos meses son ya más de 5 millones de personas contagiadas confirmadas y ha causado 350.000 muertes, en prácticamente todos los países del mundo. Estas cifras pueden ser en realidad muy superiores a día de hoy, teniendo en cuenta que muchos países tienen dificultades para diagnosticar, atender y contabilizar con precisión el avance y la extensión del virus. Estos últimos días el incremento de personas afectadas se traslada a países con sistemas sanitarios y condiciones socioeconómicas más frágiles.

Al tiempo, esta pandemia muestra con claridad su innegable carácter multidimensional, ya que interactúan lo social, lo económico, lo ambiental y lo político de diversas formas. Desde su origen zoónico que tiene relación con la acelerada pérdida de biodiversidad, pasando por el parón de las actividades económicas y comerciales causado por las medidas de confinamiento, cierres fronterizos y otras acciones destinadas a preservar la distancia física, que nos sitúan ante una crisis larga y profunda. También la pandemia muestra su dimensión social que explica las diferentes intensidades con que dichas medidas afectan a clases acomodadas y a clases vulnerables. No es comparable la vivencia del parón y el confinamiento según se disponga de vivienda, de empleo, de ahorros y rentas, como no lo es la tasa de mortalidad, mucho mayor entre la población de rentas más bajas. También la dimensión política de la gobernanza interviene, en forma de sistemas sanitarios, educativos, de protección social, de infraestructura y conectividad que dibujan un panorama diferente de afectación y de resistencia a la pandemia.

Por eso la crisis sanitaria puede ser mundial y al mismo tiempo afectar con diferentes intensidades en según qué territorios, con qué recursos, indicadores sociales, económicos y políticos. La cuestión es que la diferente afectación no reduce ni limita un ápice su condición de crisis mundial. Salvo que quisiéramos vivir en sociedades cerradas a cal y canto por muros inexpugnables.

Una curiosidad sugerente: por una vez la misma receta sirve para el egoísmo y la solidaridad. La mejor forma de evitar el contagio,  la distancia física, nos salva de ser contagiados al tiempo que nos salva de contagiar y extender el virus. De la misma forma, en términos sociales, ha aparecido la pulsión inmediata de protegerse a uno mismo y a sus allegados, al tiempo que la corriente de solidaridad se extiende y nos une como sociedad. Los aplausos desde los balcones, las múltiples iniciativas de co-creación de soluciones desde domicilios conectados y las iniciativas vecinales de ayuda mutua con mascarillas y filas espaciadas nos conmueven y nos reconcilian con el género humano. Nada puede impedir que emerja la solidaridad, la empatía y el compromiso colectivo como respuestas a los desafíos comunes.

Sin embargo también hay quien se empeña en la mirada de corto alcance, guiada por el egoísmo de la identidad, que aún quiere hacernos pensar que el problema es local. La competencia entre países, azuzada por los mercaderes del dolor, la competencia entre regiones (esa estupidez mayúscula de querer legitimar soluciones propias, aisladas o regionales), las carreras que los medios de comunicación y los responsables políticos establecen y que muchas veces todos seguimos sobre el ranking de contagiados, muertos y tasas de letalidad en los diversos países.

O aquellos que niegan que el problema afecte a todas las dimensiones de nuestras sociedades, empeñados con hacer prevalecer la economía a la salud, como si fuera posible aquella sin ésta. En realidad, empeñados en hacernos elegir entre los rendimientos económicos de sus rentas y las vidas humanas de los más vulnerables al virus. Son los mismos que desde hace años también quieren impedirnos que tengamos en cuenta los devastadores efectos de un modelo de riqueza en nuestro único planeta. El caso extremo son los Bolsonaro y Trump (a Johnson le derribó el virus y parece que se hizo algo más razonable) y sus seguidores, que se manifiestan a favor de que el virus mate todo lo que tenga que matar antes que dejar de pensar en sus propios intereses, desde esa mirada estrecha y sectaria que pretende reducir el futuro común al mantenimiento de sus privilegios.

La respuesta ¿deliberadamente? equivocada

Tras la crisis del 2008 se impuso la salida que apostó por la economía a costa de las dimensiones sociales, ambientales y políticas. A esa opción le correspondió, cómo no, el auge identitario y excluyente en lo político, que se manifiesta en el incremento de posiciones de la ultraderecha con sus manifestaciones de exclusión, xenofobia y odio. Cuando se impone la dimensión económica sobre las otras, también se imponen las rentas privilegiadas y los argumentos desigualitarios contra los vulnerables y los defensores de lo común. Cuando se extiende el miedo los cambios parecen imposibles o amenazas.

Hablemos de algunas de las consecuencias de aquella salida unidimensional en España. Los recortes que afectaban al modelo de sociedad solidaria se cebaron con los denominados “gastos sociales” y en los recortes express (como los sueldos de los funcionarios), pero también en dos inversiones que habían sido seña de identidad de los Gobiernos de ZP: el I+D+i y la cooperación al desarrollo. En un suspiro se rompió el Pacto de Estado por la solidaridad internacional y se arrasó con el compromiso de los Gobiernos en Ayuda al Desarrollo, dejándolo en un ridículo 0,12 % del PIB. Fue una decisión política, no justificable por causas económicas ni técnicas porque países con gobiernos conservadores como Alemania y Gran Bretaña incrementaron su AOD en el mismo periodo. Otros países con similares problemas estructurales, como Grecia o Portugal, tampoco siguieron la senda del desmantelamiento de la cooperación española. Y todo esto se sustentaba en una narrativa tan falsa como peligrosa: primero los de aquí, cómo vamos a gastar en los de más allá con todas las necesidades que tenemos. Y la tijera presupuestaria actuó con vehemencia. Pero no sólo fue un tema de fondos sino de formas de hacer cooperación. Muchos municipios y algunas pocas CCAA resistieron e impulsaron proyectos comunes con el sur de gran eficacia y bajo coste, no renunciaron a la máxima de que en un mundo global se puede actuar localmente, mirando hacia afuera, creciendo con otros, sumando capacidades. A pesar de ello, el virus de la insolidaridad, la criminalización del diferente y del “otro” ya estaba inoculado. Reproducido hasta la saciedad por charlatanes indocumentados con acceso al prime time, para regocijo de unos pocos. Nadie queda inmune al marco que impone el miedo.

Hoy con la crisis del covid-19 vuelve a plantearse una tesitura parecida, con el agravante que tanto a nivel mundial como español,  la bandera de la insolidaridad se ha transformado en bandera de identificación de sectores políticos y sociales, revistiéndolo además, como expresión de su cinismo y darwinismo social, en un ejercicio de su libertad. De esta manera la cooperación internacional es vetada en los presupuestos de autonomías y municipios con el argumento falaz de primero los de aquí, usemos estas “perrillas” para hacer beneficiencia que es lo que nos reconcilia con nuestra conciencia.

La pandemia ha destapado las “vulnerabilidades” de las sociedades europeas y las consecuencias del desmontaje progresivo del estado de bienestar que se ha producido a lo largo de los últimos años. Así como la profunda precariedad de los trabajadores/as que sostienen los servicios esenciales para el funcionamiento de la sociedad. Hemos conocido que la vulnerabilidad es un  proceso a lo largo de toda la vida, que estamos ante una vulnerabilidad estructural y que las acciones colectivas y políticas pueden, bien proporcionarnos mejores condiciones para enfrentarnos a ella, o bien reproducir las vulnerabilidades profundizando en sus causas e intensificando sus consecuencias.

Si entendemos la dimensión múltiple y el carácter universal de la pandemia,  estos dos factores, lo múltiple (sanitario, económico, social, ambiental, etc.) y lo universal, nos permiten entender también que cualquier respuesta en términos nacionales y unidimensionales no está realmente interesada en formular respuestas apropiadas a la amenaza común. Por mucho que se disfrace de banderas y apele a la libertad, su motivación tiene más que ver con mantener privilegios y rentas aprovechando que la incertidumbre y el temor se generalizan. La enésima aplicación de la doctrina del shock.

La respuesta apropiada: la cooperación renovada al centro del tablero

Este doble carácter de la pandemia, mundial y multidimensional, deberá ser atendido con soluciones igualmente mundiales y multidimensionales. La cooperación internacional tiene el potencial necesario para ofrecer este tipo de soluciones, porque tiene larga experiencia de trabajo en un marco transnacional y porque los procesos de desarrollo que promueve integran las dimensiones económica, social, ambiental, cultural y política de los territorios y sociedades, adaptando las intervenciones a las particularidades de cada una de ellas. Pero actualmente la cooperación está lejos de su potencial. No debería escandalizarnos afirmar que el sistema de cooperación internacional ha sido incapaz de proporcionar una respuesta articulada y coherente a la pandemia. Los mecanismos de gobernanza global han mostrado su enorme debilidad y su manifiesta incapacidad para ofrecer respuestas. Lo que nos ha dejado a merced de las capacidades de los sistemas y de las decisiones políticas nacionales.

La cooperación que hemos tenido hasta ahora tal y como está concebida, en términos nacionales —expresión solidaria de un pueblo— y principalmente medida en términos monetarios, se ha convertido prácticamente en una política marginal, y no sirve bien para este tipo de desafíos comunes. Menos aún tras casi una década de desmantelamiento sistemático y progresivo como el que se ha realizado en España.

¿Cómo puede entonces la cooperación servir como  respuesta apropiada?

Primero, empecemos por reconocer todo aquello que nos proporciona y sostiene con vida aunque no consiga ocupar espacio en los titulares. La gestión desde la proximidad, las actuaciones de los profesionales del servicio público, a pesar de la escasez de medios,que ahora por fin sabemos identificar como servicios esenciales, las iniciativas privadas y sociales, en comunidades de vecinos y en asociaciones barriales, las redes de solidaridad y de apoyo mutuo, y la gestión desde los municipios cuando han agilizado recursos y respuestas más allá de sus competencias, corresponsabilizándose de la atención a enfermos, familias sin recursos, etc. Lo mundial como expresión de las solidaridades que se despliegan sobre los territorios y no como un agregado de intereses nacionales.

Son miles de voluntades y de esfuerzos puestos para el beneficio común, que absurdamente no computan como riqueza en los cálculos, obsoletos e inoportunos, del Banco de España. Tenemos un caudal de experiencia y de conocimiento que no es de recibo echar en saco roto. Primera alerta a la que tenemos que responder: no volver a la rutina, porque la crisis no termina cuando logremos controlar la saturación de las UCI y los cementerios.

Si seguimos despreciando todo ese dinamismo en los cálculos de riqueza correremos el riesgo de volvernos a ver atrapados entre el déficit público y la necesidad de aumentar el gasto público. Estamos ante un conflicto entre la vida y las cuentas del capital (las que sí computan y llaman riqueza).

Segundo, la dimensión transnacional de esos valores de solidaridad, apoyo mutuo y defensa de la sostenibilidad de la vida fue el pilar de la política pública de cooperación. La consecuencia lógica, correcta y apropiada al reconocer que la vulnerabilidad de los nuestros es tan sólo una parte de la vulnerabilidad de todos y todas. Hoy la cooperación española ha retrocedido 15 años, justamente en el momento que es más necesaria que nunca.  No sólo porque su dimensión presupuestaria sea ridícula, también porque está prisionera entre las agresiones de las fuerzas ultraliberales y ultraconservadoras y la incapacidad de renovarse que muestran sus defensores. La cooperación, extrayendo fuerzas de sus pilares originales, puede salir del rincón y ocupar el centro del ring extendiendo la solidaridad universal y dejando atrás discursos, normativas y prácticas que se han impuesto como límites tecnocráticos y empujan hacia el rincón, donde la política debe resignarse a ser marginal e irrelevante.

Tercero, disponemos de un marco comprehensivo e integrado que diluye las fronteras y los esquemas nacionales para resolver las amenazas comunes: se llama Agenda 2030, y se apellida transformando nuestro mundo,  que debe figurar como referencia central y comprehensiva para la acción de Gobierno. La Agenda 2030 será (si se actúa razonablemente) una guía para la acción en la crisis económica, ambiental y social, que incluye la pandemia pero no termina con ella. De ella procede el llamado No dejar a nadie atrás que tan pertinente suena estos días para hacer políticas que atiendan a los más vulnerables en medio de la vulnerabilidad común.

La Agenda 2030 se debe presentar en estos momentos de la crisis, no como una referencia marginal de las políticas públicas, sino un elemento central de la Agenda de Gobierno de todas las instancias, tanto a nivel nacional, como multilateral y tanto en la visión nacional como en la visión de la política internacional. La Agenda 2030 no puede ser un insumo para armar bellos discursos que pueden dar tanto los de un lado político como los de otro. Sólo puede servir para apostar por su apelación a profundas transformaciones, tiene que ser una guía para la renovación de la acción práctica, impregnando los presupuestos y los sistemas   procedimientos para la ejecución de las políticas  En España se había dado un importante salto, a raíz de la moción de censura,  considerando la A2030 no sólo como un referente de discurso sino como una agenda real de gobierno con el Alto Comisionado para la Agenda2030. Algunas administraciones autonómicas y muchas municipales ya avanzaban en ese marco.

Paradójicamente, en la esfera que más se había desarrollado su difusión y su relato, en el mundo de la cooperación internacional, sin embargo era donde más atrasado se estaba en el impulso práctico de la Agenda que no logra detener la caída presupuestaria, no consigue avances en la necesaria reforma institucional, no se atreve a destacar el valor diferencial de la cooperación descentralizada, y es incapaz de generar discurso y movilización social. Hasta hoy la voluntad tibiamente expresada no augura nada positivo, anuncios de pequeñas acciones bien orientadas pero que parecen pensadas desde el rincón. Algo de humanitaria, algo de multilateral, algo de buena voluntad. Sin noticias de un relanzamiento significativo de la cooperación, sin noticias sobre reformas esenciales para sacar la cooperación de los límites del discurso diplomático, sin apuestas presupuestarias ni discursivas. Ni rastro de cualquier política audaz e innovadora en la cooperación internacional: gestión burocrátizada, bilateral de reparaciones parciales, fondos a multilaterales para evitar complicaciones gestoras, escaso compromiso con la gobernanza global, unas pocas migajas para las ONGD. Un panorama desolador que además se transmite al resto de las esferas de las administraciones públicas y al conjunto de la ciudadanía. La cooperación sigue hablando para sí misma y cada vez menos gente entiendo qué dice ni qué hace ni para qué sirve. Estamos en el rincón.

Cuarto, frente a este rumbo equivocado es necesario renovar la hoja de ruta de la cooperación internacional española: asunción plena de la A2030 y no solo como un bello discurso. Adelante con las transiciones ecológicas justas y la defensa desvergonzada por los derechos humanos de todas las personas, incorporación de la categoría de cuidados para reforzar sistemas de protección social públicos y universales. Convertir en eje de política pública las iniciativas que vienen desde abajo y apuntan a transformaciones estructurales y legales, como por ejemplo la campaña por la cancelación de deuda pública, la erradicación de paraísos fiscales y prácticas de elusión y evasión que condenan a la falta de financiación y ajustes injustos a las poblaciones vulnerables de todos los países. Un multilateralismo comprometido y activo, que asegure cambios y excepciones en la regulación sobre patentes no vaya a ser que los posibles tratamientos y vacunas contra el COVID sirvan para llenar los bolsillos del conglomerado farmacéutico y vaciar los de los sistemas públicos de salud; que emprenda una revisión de los tratados de inversión incluyendo cláusulas ambientales y laborales.

Reconocimiento del valor diferencial de la cooperación descentralizada porque no son acciones subsidiarias de ningún liderazgo estatal, sino un contribuidor neto al modelo de convivencia global basado en la proximidad, en lo comunitario y en los aprendizajes mutuos. El 25 de mayo representantes de las 17 CCAA y de los Fondos de Cooperación (una iniciativa estratégica de la cooperación española, a retener) emitieron una importante declaración titulada: “¡¡ De la crisis se sale cooperando!!” Donde se  dicen cosas como las siguientes: “Por eso las comunidades autónomas y entes locales apostamos por consolidar alianzas y consensos políticos y sociales que permitan a la cooperación continuar invirtiendo y contribuyendo a garantizar un presente y un futuro sin dejar a nadie atrás.

En el marco de la crisis, los municipios y también las administraciones estatal y autonómica han hecho “estallar” el corsé burocrático para atender de forma urgente a las personas y a las necesidades mas perentorias, lo que también puede aplicar a sus fórmulas de cooperación. Derogar inmediatamente los artículos de la RSAL de 2013 a los que se aferran secretarios e interventores para dificultar el despliegue legítimo de acciones de cooperación desde las administraciones locales. Considerar nuevos instrumentos más flexibles y ágiles que nos permita incorporar todas las dimensiones, desde una perspectiva multidimensional saliendo del uso exclusivo del “proyecto” y de la concurrencia competitiva. En este sentido, el marco que ofrecen los ODS, es favorecedor. Salir de la lógica de la AOD, explorando otras modalidades de cooperación horizontal desde las ciudades (estableciendo un enriquecedor bilateralismo cooperativo), movimientos sociales y comunidades en lo local.

Frente a la mirada conservadora, insolidaria e ineficaz de mirar hacia adentro, cuestión ridícula cuando esta crisis se desarrolla en el “afuera” mundial, tenemos que partir de nuestra experiencia y recursos para proyectarlas internacionalmente.  Ese es el reto y no la tristeza del lamento de la impotencia.

PABLO MARTÍNEZ OSES Y ENRIQUE DEL OLMO