La literatura africana también tiene nombre de mujer (III)

Chimamanda Ngori Adichie es una escritora nigeriana nacida en 1977, en la aldea de Abba, Estado de Enugu. Es conocida por sus cuentos y las novelas Purple Hibiscus (La flor púrpura, 2005), sobre cierta intolerancia religiosa, y Half of a Yellow Sun (Medio sol amarillo, 2007), novela basada en la guerra entre Nigeria y Biafra, 1967-1970. Esta novela fue la ganadora del Orange Broadband Prize for Fiction en 2007, uno de los premios más reconocidos en el Reino Unido, adjudicado a mujeres que escriben en inglés.

EL PELIGRO DE UNA HISTORIA ÚNICA

(Parte 2)

Debo admitir que antes de ir a Estados Unidos, no me identificaba conscientemente como africana. Sin embargo en los Estados Unidos, cada vez que se mencionaba África, la gente se dirigía a mí. No importaba que yo no supiera nada sobre lugares como Namibia. Sin embargo llegué a adoptar esta nueva identidad. Y de muchas maneras ahora pienso en mí como africana. Aunque aún me molesta bastante cuando se refieren a África como a un país. El ejemplo más reciente fue en mi vuelo hace dos días, maravilloso por lo demás, desde Lagos, donde hicieron un anuncio durante el vuelo de Virgin sobre el trabajo de caridad realizado en “India, África y otros países”.

Así que, después de vivir unos años en Estados Unidos como africana, empecé a entender la reacción de mi compañera de cuarto frente a mí. Si yo no hubiera crecido en Nigeria y si todo lo que supiera sobre África procediera de las imágenes populares, yo también pensaría que África es un lugar de hermosos paisajes, hermosos animales y personas incomprensibles, que libran guerras sin sentido, que mueren de pobreza y de SIDA, incapaces de hablar por sí mismos, y esperando ser salvados por un extranjero blanco y gentil. Vería a los africanos de la misma manera que yo, como niña, veía a la familia de Fide.

Creo que esta historia única sobre África procede ultimadamente de la literatura occidental. Esta es una cita tomada de los escritos de un comerciante londinense llamado John Locke quien zarpó para África occidental en 1561 y escribió un fascinante relato sobre su viaje. Después de referirse a los negros africanos como “bestias que no tienen casas”, escribe; “son también personas sin cabezas y tienen la boca y los ojos en sus pechos”.

Ahora bien, me río cada vez que leo esto. Una no puede dejar de admirar la imaginación de John Locke. Sin embargo, lo importante de sus escritos es que representa el comienzo de una tradición en la narración de historias africanas en occidente. Una tradición donde África subsahariana es un lugar de negativos, de diferencia, de oscuridad, de gente que, en las palabras del maravillosos poeta Rudyard Kipling, es “mitad demonio, mitad niño”.

De esta manera empecé a entender que mi compañera de cuarto estadounidense debió de haber visto y escuchado, a lo largo de toda su vida, diferentes versiones de esta historia única, al igual que un profesor, quien una vez me dijo que mi novela no era “auténticamente africana”. Yo estaba dispuesta a reconocer que había varios defectos en la novela, que había fallado en algunas partes. Pero para nada me había imaginado que la novela había fallado en lograr algo llamado “autenticidad africana”. ¡De hecho, yo no sabía qué era la autenticidad africana! El profesor me dijo que mis personajes eran demasiado parecidos a él, un hombre educado y de clase media; que mis personajes conducían vehículos; no se morían de hambre. Por lo tanto, no eran auténticamente africanos.

Pero debo enseguida añadir que yo también soy igualmente culpable en este asunto de la historia única. Hace unos años visité México desde Estados Unidos. El clima político de los Estados Unidos era entonces tenso. Había debates sobre la inmigración y, como suele suceder en América, inmigración se volvió un sinónimo de mexicanos. Había incontables historias sobre mexicanos como personas que saqueaban el sistema de salud, que se escabullían a través de la frontera, que eran arrestados en la frontera, y cosas así.

Recuerdo paseándome en mi primer día en Guadalajara, mirando a la gente ir al trabajo, amasando tortillas en el mercado, fumando, riendo. Recuerdo que primero me sentí un poco sorprendida y después me embargó la vergüenza. Me di cuenta de que había estado tan sumergida en la cobertura mediática sobre los mexicanos que se habían convertido en una sola cosa en mí mente, el inmigrante abyecto. Había creído en la historia única sobre los mexicanos y no podía estar más avergonzada de mí misma. Así es cómo se crea la historia única, mostrar un pueblo como una misma cosa, como una sola cosa, una y otra vez, hasta que efectivamente se convierte en eso.

Es imposible hablar sobre la historia única sin hablar del poder. Hay una palabra, una palabra en igbo5, que recuerdo cada vez que pienso en las estructuras mundiales del poder y es nkali. Es un sustantivo que se traduce como “ser más grande que otro”. Al igual que nuestros mundos económicos y políticos, las historias también se definen bajo el principio de nkali. Cómo se cuentan, quién las cuenta, cuándo se cuentan, cuántas historias se cuentan, depende realmente del poder.

El poder es una capacidad no sólo de contar la historia de otra persona, sino de hacer que esa sea la historia definitiva de esa persona. El poeta palestino Mourid Barghouti escribe que, si se quiere despojar a un pueblo, la forma más simple de hacerlo es contar su historia comenzando con “en segundo lugar”. Inicien la historia de los pueblos nativos americanos con las flechas y no con la llegada de los ingleses, y obtendrán una historia completamente diferente. Comiencen la historia con el fracaso de los estados africanos y no con la creación colonial de los estados africanos, y obtendrán una historia completamente diferente.