Pacto europeo sobre Migración y Asilo, ¿un acuerdo de mínimos?

El esperado y nuevo Pacto sobre la Migración y el Asilo, vio la luz recientemente en un acto público en el que participaron la presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, el vicepresidente Margaritis Schinas y la comisaria Ylva Johansson. Pretende un enfoque europeo global de la migración, intentando avanzar en los principios de reparto equitativo de la responsabilidad y la solidaridad.

No es fácil hacer un balance sopesado con tan poco margen desde que el Pacto ha salido a la luz, pues todavía se espera la implementación y desarrollo de muchas de sus directrices. Sabiendo, además, que ninguna solución única en materia de migración puede satisfacer a todas las partes y en todos los aspectos.

El Pacto que, efectivamente,  traza formas de mejorar la cooperación con los países de origen y tránsito, garantizar procedimientos más eficaces, una buena integración de las personas refugiadas y el retorno de aquellas que no se ajustan al proceso de asilo o cuya solicitud es denegada, representa, sin embargo, una reforma insuficiente y de mínimos.

Sin embargo, nos sentimos llamados a hacer una primera valoración. Y partimos que aunque la propuesta, bautizada con el pomposo nombre de “Un nuevo comienzo sobre migración: construyendo confianza y forjando un nuevo equilibrio entre responsabilidad y solidaridad”, la idea central del nuevo plan es la gestión fronteriza más eficaz buscando un control más estricto en las fronteras exteriores de la UE con una agencia Frontex con más medios y poderes, y procedimientos más efectivos y rápidos para determinar quién puede quedarse en el continente europeo y quién debe ser expulsado. Todas las personas que lleguen sin autorización, ya sean rescatadas en alta mar, pidan protección internacional o sean detenidos dentro del territorio tras eludir los controles en las fronteras exteriores, serán objeto de un examen acelerado –sanitario y de seguridad, incluida la toma de huellas y el registro en la base de Eurodac– en un plazo máximo de cinco días para determinar su identidad y para saber si constituyen una amenaza para la seguridad o salud pública.

La otra parte de la receta es el llamado mecanismo de solidaridad permanente, que elimina las cuotas y que se activará en caso de crisis o presión migratoria y al que todos los estados miembros, “sin excepciones”, tendrán que contribuir. No habrá cuotas de asilo, ni la reubicación será obligatoria. Bruselas renuncia a esta fórmula para evitar que los países de Visegrado –Hungría, Polonia, República checa y Eslovaquia– y otros países reacios a acoger inmigrantes veten el plan. Y para más sonrojo la Comisión Europea propone lo que denomina “contribuciones flexibles”. Los Estados podrán negarse a acoger refugiados, pero los que sí lo hagan recibirán 10.000 euros por persona acogida del presupuesto de la UE. Eso sí, los que se nieguen tendrán que asumir la responsabilidad en la expulsión de inmigrantes irregulares sin derecho a permanecer en la UE o dando apoyo operativo, logístico y económico para financiar centros de retención. En una palabra podrán ser patrocinadores de expulsiones o de reclusiones.

Es evidente que la ultraderecha europea ha ganado esta batalla de blindar la Unión al peligro de seres humanos que tan solo buscan un futuro digno para ellos y los suyos.

Otro fiasco más de la vieja Europa, porque si de algo debemos sentirnos avergonzados los europeos es de las dramáticas imágenes de miles de personas que sufren nuestra inexistente política común de asilo y migración. Niños ahogados en las playas y familias hacinadas en campos de refugiados, cinco años de crisis migratoria y la tragedia más reciente del incendio en Moria, no han servido para que nuestras conciencias de mundo rico se revuelvan contra tanta injusticia.

Lo más triste de esta política migratoria es que la Unión Europea tiene en su pirámide demográfica el principal problema que afrontar si quiere el proyecto común de paz y libertad tenga un horizonte futuro. Europa es un continente envejecido que hace insostenible la panacea que ha supuesto para todos nosotros el Estado del Bienestar. Sin jóvenes y niños será imposible pagar las pensiones y dar cobertura a los más necesitados. Sin esos migrantes que traigan savia nueva al sistema, será imposible seguir llevando a cabo políticas fiscales redistributivas de la riqueza.

Un acuerdo de mínimos que, como dice Mafalda, el entrañable personaje del maestro Quino, recientemente fallecido, “estas desastrosas políticas migratorias no nos llevan a mejorar, ni a ser mejores”.

Luis Pernía Ibáñez (ASPA y Plataforma de Solidaridad con los Inmigrantes de Málaga)