La literatura africana también tiene nombre de mujer (XV)

Leila Slimani es una escritora y periodista franco-marroquí, autora de En el jardín del ogro (2014), Canción dulce (2016) y Sexo y mentiras: la vida sexual en Marruecos (2017). Obtuvo el premio Goncourt en 2016. Slimani nació en Rabat, Marruecos, en 1981. Su padre fue ministro del rey Hassan II y su madre, una médica de origen alsaciano. Llegó a los dieciocho años a París. Tenía la intención de convertirse en psiquiatra, pero terminó por estudiar ciencias políticas y comercio. Trabajó como periodista en el periódico Jeune Afrique y en la actualidad es “representante para la francofonía”, designada por el actual presidente francés Emmanuel Macron.

En palabras de Leila Slimani: A pesar de tener dos pasaportes —uno francés y otro marroquí—, no me siento ni francesa ni marroquí. No tengo gran interés por mis orígenes, pienso incluso que por ello me volví escritora, ya que escribir es una forma de construirse una identidad, intentar saber quién es uno mismo. Y en el fondo saber si yo soy musulmana, francesa o marroquí nunca fue muy importante para mí. Siempre he juzgado que son criterios muy limitados y que no me definen. Cuando alguien habla en nombre de una comunidad con frases como: “Siendo francesa o marroquí debes hacer esto o lo otro”, me resulta insoportable. Al contrario, pienso que la aventura de la vida es la de inventarse a sí mismo. En esta cuestión soy muy existencialista, cercana a Simone de Beauvoir o Sartre: uno es lo que uno hace. No estamos definidos por el nacimiento ni por los orígenes, sino por nuestros actos.

Yo crecí en Marruecos, en un lugar donde no había museos, muy pocas bibliotecas y sólo un poco de cine. Pasaban películas occidentales, pero las escenas de besos o sexo eran censuradas, así que algunas eran muy cortas. Se podía sobreentender lo que había pasado, pues de pronto los personajes se hablaban con mucha familiaridad o se acercaban mucho, pero como las escenas clave de la película eran sexuales y no las mostraban, la historia se hacía un poco ridícula. Por esa razón no me interesaba mucho en el cine, al menos no de esa forma.

Lo más sencillo para acceder a la cultura era a través del libro. En Rabat había libreros de viejo que vendían barato, en puestos caóticos donde era imposible ver de manera clara los libros que tenían. Mis padres eran grandes lectores; mi abuela también y nos contaba historias. Para ser honesta, mis recuerdos de mayor felicidad e intensidad se asocian con la lectura. Con los libros he viajado a tierras lejanas, he vivido de manera profunda en los universos que descubría. Además, yo tenía la impresión de vivir en la periferia del mundo, un pueblo de un país pequeño que no le interesaba a nadie. Al leer a Jack London, Pearl S. Buck y otros autores viajaba a China, Rusia, Estados Unidos. Me pareció fascinante el hecho de encontrar personas que habían nacido incluso siglos antes que yo, con quienes aparentemente no compartía nada, pero que eran capaces de contar cosas de las cuales yo comprendía todo. Y había una suerte de permanencia, universalidad de las emociones alrededor del mundo: pese a las diferencias de cultura, nivel social, lengua, religión, todos buscamos enamorarnos, experimentamos el deseo, el temor a la muerte. Todos tenemos estos pequeños sentimientos que nos hacen pertenecer a una misma familia.

He ejercido varias profesiones. He sido actriz, pero lo odié porque que soy muy mala. También detesto la idea de tener que depender de alguien más y que me den órdenes; de esperar una llamada o ser tomada en cuenta en un casting. Cuando se es escritor nadie ejerce autoridad sobre ti; al mismo tiempo, tú ejerces una autoridad total con tus personajes: si les dices que mueran, mueren. A veces pueden rebelarse, pero en general son bastante dóciles, lo cual me agrada mucho.

Después trabajé como periodista, sobre todo en África, lo cual me llevó a escribir mucho. Aprendí mucho, sobre todo a observar. Bajas de un avión y tienes tres días para escribir un artículo sobre algo de lo que no tienes mucha información; así que tienes que observar hasta los más pequeños detalles, la manera de las personas al actuar, cómo toman un taxi, de qué modo visten y comen. Eso te ayuda para escribir una novela. También te enseña a ser paciente, a callar por momentos y no reaccionar de manera precipitada. Adoré la vida de reportera, pero debido a mi carácter solitario ahora prefiero trabajar sola en casa.

He escrito sobre la sexualidad en mi novela “En el jardín del ogro” y en el libro “Sexo y mentiras. La vida sexual en Marruecos”, porque creo que en ella se manifiestan asuntos fundamentales para nuestra sociedad. Allí afloran las desigualdades sociales, la dominación de unos sobre otros y demás aspectos del poder. Es también un espacio de vulnerabilidad: somos vistos a través de nuestro cuerpo y rehenes del mismo. Se nos puede aprisionar porque poseemos un cuerpo, que es una fuente de sufrimiento y de placer. En el caso de Marruecos, la conciencia del cuerpo en un país donde priva una gran represión sobre la sexualidad es crucial para la emancipación ciudadana”.