El miedo de salir y la incertidumbre de si salir de Nicaragua valía la pena

No sabía si era lo justo, pero si tenía certeza de que era necesario, cansada de esconderme, de abrazar a diario el miedo de que pudieran secuestrarme a mi y a mi pareja, Sin que frente a este tuviésemos certeza de que pasaría con nuestros hijos, en marzo de 2019 salimos del país, pero en noviembre de 2018 nos vimos obligadas a salir de casa.

Inicialmente creímos que se trataría de un viaje de un mes y que luego podríamos regresar y continuar nuestra vida. ¡Cuán falsa era nuestra expectativa frente a la verdad que nos esperaba!.

Salimos de casa porque teníamos mucho miedo, la policía hacia averiguaciones sobre nosotros en el barrio, los vecinos amenazaban a nuestro hijo de que terminaríamos presas por terroristas, temíamos ser parte de las cifras de secuestrados y desaparecidos por ser opositores, feministas, defensores de derechos, y también por ser lesbianas, durante mucho tiempo en nuestro barrio tuvimos que enfrentarnos a la idea cotidiana de que vivíamos “solas” ante la ausencia de un hombre en nuestra relación y en nuestra casa.

Desde que salimos la incertidumbre de que si lo que hicimos fue correcto, me ha perseguido de forma constante, he intentado asignar un valor a cada cosa, he intentado asignar un valor a cada sentimiento, he intentado validar mis miedos basada en las ideas de otras personas a quiénes he oído que huir es de cobardes, y es que mucho tiempo me sentí cobarde por haber huido, porque en el fondo aunque no me fui porque me planifique un viaje placentero, me sentía responsable de las personas que había dejado en el país, del activismo que debí abandonar, de tener que salir de casa y cambiar la rutina y todo lo que para mis hijos era hasta entonces seguro.

Salir de casa llena de miedo era parte de la rutina, el acecho constante de no regresar, la amenaza continua de convertirte en una cifra más, pero sobre todo creo que el mayor miedo era ser una víctima más de la inmunidad de la que gozan el Gobierno dictatorial de Daniel Ortega, y es que yo me vine, pero son muchísimas más las que viven con el miedo de compañía, sin poder irse, porque también entendí que huir también es un privilegio, por eso pesaba mucho la culpa, porque niña empobrecida y mujer lesbiana, nunca antes los tuve.

Me fui, Nos fuimos sabíamos que iba a ser difícil, pero no teníamos idea de cuánto, intentar encontrar la fórmula de seguir viviendo en un lugar totalmente nuevo desconocido, donde nadie o pocos saben de tu país, y quienes lo saben algunos prefieren olvidarlo, y otros solo callan, porque hablar siempre tiene un precio.

Intentando construir una vida aquí sin poder abandonar la que en el alma pesaba allá, levantarme cada día y lo primero que hago es revisar mi teléfono mi mis redes sociales intentando obtener información de mis contactos sobre lo que sucede, alla, de dónde me vine hace dos años, y de donde no he llegado aún.

Cada vez que en Nicaragua una persona era detenida, me servía para validar de forma positiva el haber salido del país. Cuando varias de las personas que habían salido al exilio decidieron regresar me sirvió para invalidar las razones por las que había salido del país, y nuevamente me sentía cobarde, y nuevamente sentía que le había fallado a mi país, y nuevamente sentía que los años de lucha intentando visibilizar y defender mis derechos como mujer lesbiana no tenían sentido, no tenían valor.

Refugiada nicaragüense.