Migraciones: Miradas, perspectivas, propuestas

Con este título de varios autores y patrocinado por la Fundación Sevilla Acoge se moldea un cuadro del fenómeno migratorio y que compartimos desde ASPA y del que queremos resumir algunos trazos.

Parte del hecho de que lo individual nos ha hecho olvidar lo público,  y que el “esto es mío”, elevado a la categoría de dogma, parece lo único cierto en este devenir de incertidumbres corroborando aquello de Z. Bauman “la modernidad líquida es un tiempo sin certezas”. Pero se atreve a sugerir que para humanizar la sociedad hay que partir de un grupo vulnerable y descartado como el emigrante.

Antes de nada situemos la cuestión. Los movimientos migratorios hacia Europa apenas representan la “punta del iceberg”. La mayoría permanece cerca de su lugar de origen, de tal suerte que hay 5,4 millones de personas refugiadas y desplazadas internas en los países en el Sahel. De acuerdo con las estadísticas mundiales de ACNUR, 80% de las personas que abandonan su lugar de origen permanecen en la misma región.

Si bien el total de llegadas a Europa ha disminuido desde 2015, son más de 10.400 personas las que arribaron a Italia con los desembarcos. Esto se traduce en un aumento de más de 170 por ciento en comparación con el mismo periodo en 2020. Aunado a lo anterior, ACNUR expresa profunda consternación por la cifra de muertes: en lo que va de 2021, se sabe que al menos 500 personas perdieron la vida mientras trataban de cruzar el Mediterráneo central. En contraste, en el mismo periodo en 2020, la cifra fue de 150 personas, lo cual se traduce en un incremento del 200%. De nueva cuenta, la trágica pérdida de vidas resalta la necesidad de reestablecer un sistema de búsqueda y rescate coordinado por los Estados en el Mediterráneo central.

A la vez en  este cerrar frontera y bloquear toda vía migratoria legal se da la paradoja de que Europa, según decía el 11 de julio La Vanguardia, necesita para su futuro inmediato más de 60 millones de personas migrantes, debido fundamentalmente a la bajada de la natalidad y a al aumento exponencial del envejecimiento de su población.

Pues bien, humanizar la sociedad desde el grito del deber universal de solidaridad que surge de las personas migrantes es posible. Ahí está la indiscutible urgencia de la pandemia que ha vuelto a dejar desnuda la indiferencia de los europeos ante la tragedia que se desarrolla desde hace años en el Mediterráneo y que significa una pérdida continua de vidas humanas, un espacio de barbarie en el que miramos con indiferencia la muerte cotidiana, porque esos muertos son muertes desechables como diría Butler. La pandemia ha puesto en evidencia que “América primero” no sirve porque el virus no entiende de dinero. Es decir, ha puesto en evidencia que o nos salvamos todos o no se salva nadie.

Por otro lado la cuestión migratoria pone en cuestión las democracias europeas. Si  quieren ser radicalmente democráticas tienen que ser inclusivas. No hay emancipación y democracia por partes, sino que solo puede ser para todos y todas como así lo vio Marx en “Sobre la cuestión judía”.

Para humanizar la sociedad se precisa de esa piedra angular que es la ciudadanía democrática que surge del reclamo de las personas migrantes y que se presenta como opuesta a la “negación situacional de las identidades”.

Desde ASPA nos hacemos esta pregunta: ¿qué está pasando para que esta humanización sea tan lenta? No sabemos exactamente, pero este interrogante para nosotras y nosotros, nos empuja a dialogar, confrontar y reconstruir (o repintar, re-bailar que dijo Freire) el mundo cada vez más amurallado.

Luis Pernía Ibáñez