La historia política del Perú y las últimas elecciones

La historia contemporánea del Perú ha transitado por tres ciclos. El primero cerraba un largo tiempo en el que el país no se había sacudido del lastre de la servidumbre de antiguo régimen que perduró desde la Independencia. Fue durante la dictadura de las Fuerzas Armadas lideradas por Velasco Alvarado. El Perú rompió diques, amplió su mercado interno y quitó del poder a viejas oligarquías.

El segundo ciclo fue marcado por la guerra interna. La violencia de Sendero Luminoso y la incapacidad de enfrentarla democráticamente. Violencia contra violencia, las víctimas fueron populares. Los votantes peruanos mostraron su original impredecibilidad. Votaron para salir de la dictadura, empujada por una movilización popular, por el mismo presidente que había sido echado por los militares por su incompetencia para enfrentar los retos del país. Belaúnde quiso devolver el Perú al control de los poderes financieros internacionales, terminó con los restos de las reformas militares y se encontró nuevamente, como en 1962, con guerrilleros dispuestos a remover el país como lo hicieron. Empezó la guerra cuando el presidente abdicó de su comando entregándolo a los militares más sanguinarios, que habían formado cuerpo justamente durante el gobierno militar.

La posterior administración de Alan García, que devolvió al derechizado partido de Haya de la Torre a un perfil socialdemócrata, se encontró con unos envalentonados oligarcas reconvertidos de gamonales en banqueros. Junto con sus corruptelas, sus errores de cálculo lo llevaron a un fracaso que dejó al país en bancarrota. La guerra se hizo más cruenta y no parecía tener fin. Todos los “dueños del Perú”: viejos, reconvertidos y nuevos, quisieron hacer un reingreso por la puerta grande y formaron una alianza invencible con Vargas Llosa a la cabeza. Pero los votantes decidieron por un outsider, un japonés, que prometió impedir lo que proponían los liberales para enmendar la situación de profunda crisis y guerra. Fujimori hizo lo contrario a lo prometido y se fue mostrando como el mentiroso compulsivo que era y luego, habiendo logrado un frente con los mismos militares sanguinarios que se formaron durante el gobierno de Velasco y con un asesor corrupto, se mostró también como un cleptómano dispuesto a todo. La guerra siguió, hasta el punto máximo de su vileza y crueldad. Las formas de enfrentar la violencia fueron tan perversas como la violencia misma que se enfrentaba. Capturado Abimael Guzmán y descabezado el partido de la guerra, la represión fue indiscriminada. Mientras, se abría el mercado a los intereses de los capitales, se desregulaban los mercados, se beneficiaba a quienes pusieron capitales para explotar los recursos, se encubrían las peores formas de blanqueo de dinero, se robaba a mansalva. La guerra terminó y ese era el pergamino que exhibía el ladrón, aplaudido por los mismos oligarcas de las finanzas que desencadenaron la crisis de la era de García. Se compraron voluntades y se cortaron todos los espacios de opinión y poder. Hasta que todo explotó en la cara de los peruanos que empujaron un cambio, una salida a ese nuevo ciclo que se cerraba.

Después de dos décadas de guerra interna el Perú vivió una transición democrática al lograr derrotar la dictadura fujimorista, enjuiciar y encarcelar a varios de sus principales delincuentes, entre los cuales el propio presidente. Terminó la era de la violencia, la economía estaba en un momento de crecimiento, el sistema electoral democrático se recuperó. Hubo una primavera con el gobierno transitorio de Valentín Paniagua, que surgió de una rocambolesca jugada en el parlamento. A pesar de las expectativas de ir hacia la recuperación democrática, eso no se cumplió y se inició un nuevo ciclo político, nuevamente perverso.

El modelo económico neoliberal que Fujimori dejó instaurado, se mantuvo sin modificación. Extractivismo, beneficios elevados a las empresas transnacionales y a sus representantes internos, obras públicas entregadas a empresas que coimeaban a los políticos para obtenerlas, control de las instituciones por mafias, fueron los signos de un tipo de gobierno que compartieron todos los presidentes electos desde entonces. Lo que se dirimía en cada elección era quién controlaba el reparto del botín. Mientras, la población no se movilizaba, contenta por el “chorreo” de algunos recursos, el cambio en el modo de vida, el fin de la violencia y la apertura de nuevos espacios públicos, mucho consumismo, economía básicamente informal, corrupción cotidiana.

Alejandro Toledo dilapidó todo lo que lo llevó al poder, no acabó con el fujimorismo económico, lo suscribió. Tampoco acabó con el fujimorismo político, lo dejó resucitar. Su desgaste abrió otra coyuntura electoral, en la que tampoco recogió migajas el fujimorismo. Las presiones populares por cambiar el modelo crearon a Ollanta Humala a quien se cerró la puerta gracias a la resurrección de Alan García que, en base a demagogia, promesa de mantener el modelo y habilidad política volvió a ganar inesperadamente. Supo seguir el camino de Belaúnde, aprovechando la impredecibilidad del electorado, pasó de desahuciado a remendado triunfador. Las grandes corruptelas se hicieron consustanciales al mando y, además, permitió el renacimiento de la mafia fujimorista que había estado agazapada. Mientras, se repartían las instituciones entre los operadores del fujimorismo, que no podría ganar ninguna elección pero que controló muchas de las instituciones y operó con gran cantidad de recursos para asaltar el poder en cualquier momento, y el partido aprista que no descuidó el control del poder judicial, desde que logró prescribir los delitos de Alan García en su primer gobierno durante el ciclo de la guerra interna. Cuando hubo protesta social se reprimió violentamente o con un cargamontón mediático: así aparecieron los epítetos de terruco o caviar, según los casos, todos enemigos del “crecimiento”.

Humala tuvo que irse moderando de acuerdo a las presiones del establishment hasta ganar por fin las elecciones. El parlamento de su legislatura fue el que dio luz verde a la explosión del nuevo fujimorismo, pasaron en el parlamento de ser la segunda fuerza a controlarlo y empezaron una alianza con el aprismo. Se impidió el acceso electoral al poder de la hija del dictador-criminal, pero siempre su organización mafiosa operó para hacerse del mando controlando espacios de administración y políticos. Era el mal mayor frente al que otro “menor” era aupado al poder como fueron Humala y Pedro Pablo Kuczinski sucesivamente.

Por las contradicciones entre los actores del poder, que se disputaba invirtiendo grandes sumas de dinero que provenían de esa corrupción, los ilícitos de los distintos mandatarios fueron saliendo a luz y la prensa libre que no se podía cerrar se encargó de airearlos. Como las instituciones no podían coparse del todo y se requerían cuadros provenientes de las universidades y las corporaciones profesionales, aparecieron “ovejas negras” en la judicatura, fiscalía y espacios de opinión. Así, fueron cercando las operaciones corruptas, hasta que han ido cayendo TODOS los presidentes hasta ahora. Aquí se incluye a la operadora del poder en la sombra, la hija del dictador, y luego algo salpicó al nuevo presidente Martín Vizcarra por sus propuestas iniciales siendo jefe del gabinete de Kuczinski.

Sea que se logre condenar a todos o que la justicia pueda operar sin cortapisas para contener a posibles nuevos emuladores, el ciclo político que se descomponía irremediablemente, se iba cerrando. Pero la agonía había de prolongarse. La justicia estaba cerrando el cerco sobre todos los mandatarios de la última etapa, incluyendo la prisión de Keiko Fujimori aunque no haya gobernado, el asilo médico de Kuczinski y el suicidio de García.

Antes de terminar la legislatura más tormentosa, el congreso logró vacar al presidente Vizcarra y pretendió asaltar el poder con un presidente monigote, Manuel Merino, que duró una semana, expulsado por un potente movimiento popular y el temor de la mafia a una situación incontrolable. Se solucionó el impase con el nombramiento de Francisco Sagasti como presidente hasta las elecciones. Hubo cuatro presidentes durante esta legislatura. En ese estado de cosas, se abrió la contienda electoral. Con el ciclo de corrupción cerrado, el fujimorismo procuró hacerse por fin con el poder, aventajando por pocos votos a otras opciones de extrema derecha de una oferta electoral muy fragmentada. Era la única forma de salvar a la candidata Keiko de la cárcel. La más poderosa y concentrada campaña electoral que se haya dado en el Perú tuvo lugar esas semanas. Todos los poderes económicos y los mediáticos, sembraron el miedo a horribles consecuencias que sucederían si el profesor Pedro Castillo, candidato inesperado de un pequeño partido regional, ganara la presidencia del país. Fruto de años de desmantelamiento de los servicios públicos, corrupción y por fin la pandemia que ha causado más de 200,000 muertos, la población más pobre del país se identificó, creó y votó por el candidato Castillo y venció la orquestada campaña en su contra. Contra viento y marea, el país ha logrado hacer otras elecciones democráticas y se ha investido a Castillo como jefe de estado. Ha formado un frente frágil con otras fuerzas de izquierda y se enfrenta al poder del Perú del ciclo cerrado que se resiste a perder.

 

Luis Miguel Glave Testino es investigador del Colegio de América en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla. Desde hace años viene realizando investigaciones en el Archivo General de Indias sobre la historia de los andinos en la época colonial y la formación de su propia memoria histórica a través de sus memoriales. Fue fundador del Centro Bartolomé de las Casas de Cusco e investigador del Instituto de Estudios Peruanos.