Lo que una noticia esconde

Ayer noche caminaba con mi nieto hacia mi casa, cuando me encontré un tumulto de gente mirando hacia el mar desde la barandilla del paseo marítimo, al mismo tiempo que podía observarse varias furgonetas de la policía nacional y local, concentradas al final del paseo, en la Glorieta de Cortadura, en la que destacaban sus intermitentes luces azules.

Al encontrar un hueco, pude observar, a lo lejos, como una oscura sombra se dirigía hacia la orilla. Inmediatamente pensé que se trataba de una patera de inmigrantes. En ese momento una  veintena de uniformados se dirigían en la playa hacia el posible punto de confluencia. Mi hija, que llegaba en ese momento, tras observar la sombra que cada vez se pronunciaba mayor, me dijo que me esperaba en el “chiringuito” de enfrente que necesitaba tomar un refresco para que mi nieto pudiera «desaguar». Sólo nos separaba un carril-bici y una estrecha carretera de un solo carril.

Cuando la sombra llegó hasta la orilla, gracias a las enormes linternas de los policías, se pudo observar que se trataba de un barco de pesca que portaba a medio centenar de inmigrantes. Los primeros que bajaron se dirigieron a besar la tierra, rito que imitaron todos los que iban bajando.  Emocionado por ver cumplido su deseo de llegar a tierra española, después de no sé cuántos sufrimientos y peripecias, deseé que ojalá se cumplieran sus sueños y esperanzas.  En ese momento escucho a una persona, muy exaltada, que comenzó a gritar: “¡Cabrones, volver a vuestras casas, que venís aquí a robar y a quitarnos nuestros puestos de trabajo! ¡Cabrones, fuera! Y así repitió varias veces frases parecidas.  Dos mujeres, que lo acompañaban asentían y vociferaban: ¡Fuera, fuera!  La presencia de mi nieto me obligaba a contenerme.

Un señor y su esposa, que estaban junto a mí, me dijo: “Tiene razón, El sinvergüenza del rey de Marruecos, para joder a España, embarca a toda esta gentuza que sólo vienen aquí para delinquir y aprovecharse de nuestras ayudas”.  Conteniéndome, por mi nieto de 7 añitos, sólo le contesté muy educadamente: “Mire señor, como ser humano, sólo veo en ellos otros seres humanos como nosotros que, a riesgo de sus vidas, sólo buscan un futuro feliz, al que tienen tanto derecho como nosotros y se les niega en su país. ¿Sabe usted la cantidad de españoles que emigraron a Holanda y Alemania en los años 50 y 60? A todos les abrieron las puertas, ¿por qué nosotros se la queremos cerrar a ellos?  No me respondió.

Mi hija, conociéndome, se acercó y me dijo que me llevara a mi nieto a una mesa, donde me había pedido una cañita y un paquete de patatas para el niño.

Cuando llegué a la mesa, el exaltado, continuaba gritando mayores insultos e improperios contra los muchachos inmigrantes. Nadie le reprimía, ni siquiera la propia policía que se encontraba anexa a la muchedumbre.  Un conocido escritor gaditano, que se encontraba en el chiringuito, en una mesa cercana, se levantó y dirigiéndose al exaltado, le gritó: “No tiene usted corazón, sabe usted las barbaridades que está diciendo, pero ¿no hay nadie que calle a este desalmado? La sapos que soltó la boquita del exaltado contra el escritor eran más que insultos. La policía del paseo continuaba impasible, la de la playa concentraba a la cincuentena de jóvenes en una muralla que antecede a la rampa que accede al paseo.

La esposa del escritor, viendo que aquello podía llegar a males mayores, tomó por el brazo al marido y se dirigieron a la ventanilla del chiringuito para pagar. Intercambiamos unas cuantas frases de connivencia en favor de la emigración y en contra del exaltado. Anteriormente, el había escuchado las explicaciones  que les daba a mi nieto a sus preguntas.

Mi hija, vuelve indignada con las continuas afrentas del exaltado y de dos mujeres, que ya no sólo alcanzaban a los jóvenes inmigrantes, sino al alcalde de la ciudad y al gobierno central. No entendía el silencio de la mayoría, ni la dejadez de la policía. Al poco, se escucha unos gritos, le prometo a mi hija que no me enfrentaré al fanático y me acerco a la algarada. Había aumentado el número de curiosos y descomunal la competencia por sacar selfies de los inmigrantes bajo las murallas.

Al llegar, Observo a la pareja con la que intercambie unas opiniones asintiendo todo lo que vomitaba el interfecto, su acompañante ejercitaba de clac aplaudiendo cuanto bramaba. La muchedumbre, como indiferentes espectadores, se limitaba a escuchar y  con los móviles en ristre, obtener secuencia de cuanto acontecía. La policía permanecía impasible, ordenando y vigilando a los inmigrantes bajo la muralla y los que estaban arriba, impidiendo que el público no bajara por la rampa.

Al momento escucho una potente Voz, que vocifera ¡Facha, que eres un facha indolente, no te da pena de estas criaturitas!, el exaltado, cercano a mi persona, levantando la mano y con prepotencia, le responde: ¡Comunista de mierda, ¿todavía no te has ido?, lárgate ya cabrón, que estas sobrando aquí!   Observo que se acerca a lo lejos, una pareja que rondaba los sesenta años, ella tomándole el brazo para que el no avanzara. Presiento que  los protagonistas de los gritos anteriores vuelven a las andadas. La policía continua impasible. Vuelvo a escuchar ¡facha, facha!.

Mientras me acerco a la pareja, para intentar evitar lo peor, escucho a mi espalda del exaltado ¡Tu no eres ni gaditano, ni español, tu eres un comunista de mierda! ¡lárgate indeseable, que sobras aquí! ¡Aquí sólo estamos los españoles! Ya cercano a la pareja, observo, por su vestimenta y forma de hablar, que son personas sencillas y de la clase trabajadora. El le responde. ¡Qué sabrás tú, soy del barrio del …(un barrio muy gaditano), más gaditano que tú, facha, que eres un facha!. Le tomo por el otro brazo, y entre la mujer y yo lo alejamos del encuentro. El otro continuaba insultándole, mientras el, volteando la cabeza, repetía ¡Facha, facha, facha!

Al poco, al ir casi abandonando la muchedumbre, observo extrañado, como dos policías locales se nos acercaba apresurados y no con buenas intenciones. Le indico a la mujer, que continúe avanzando. Lo suelto del brazo y me dirijo lentamente a los dos uniformados, para decirle muy educadamente. “Por favor, déjenlos marchar, ¿qué daños han hecho, sino solidarizarse con esas criaturitas que nadie sabe lo que les espera?  La provocación y el enfrentamiento viene de aquel exaltado señor, que bien poco ha ocurrido, con todas las barbaridades que ha soltado. Por favor déjenlo, marchar.  La policía, que había observado el llanto de la esposa, que ya se alejaban y que en mi cabeza no existía ni un solo pelo negro, desistió de la persecución y se volvieron.

Cuando veo alejarse a la policía, aligero el paso hasta alcanzar a la pareja. Nos abrazamos emocionados los tres y antes de darles las gracias, me las dieron ellos.

Me vuelvo a la mesa y, desde ahí, pude observar, como la pareja que nos perseguía, alejaban de la muchedumbre al exaltado y a las dos mujeres que le acompañaban, pero en sentido contrario al que se alejaban el solidario matrimonio. En ese momento llegaban dos ambulancias, de las que bajaron unos médicos y enfermeros para analizar el estado de los inmigrantes y practicarles unos PCR.

Al poco también llegaron dos autobuses, donde irían conduciendo, de uno en uno, a cada inmigrante. Eran todos muy jóvenes, algunas mujeres, quizás en dirección a distintos CIES, donde desembocarían sus esperanzas e ilusiones.  Un sepulcral silencio se apoderó del ambiente. No supe cómo interpretarlo.

Pedro Castilla (Cádiz)