De vuelta de Myanmar

Alvaro es compañero de ASPA desde hace muchos años. En la acampada de la Plaza la Marina pidiendo el 0.7% para la cooperación fue el que cuidó de la tienda de campaña de ASPA. Cuando aquello terminó se entregó a una generosa entrega solidaria a nivel internacional trabajando en Guatemala, Nigeria, Sudán, República Democrática del Congo entre otros países  y últimamente en Myanmar (antigua Birmania) siempre con etnias y grupos muy vulnerables. Tuvo que regresar recientemente con su familia debido al golpe de estado que los militares hicieron a principios de año en Myanmar. Nos visitó en Málaga sintiéndose identificado con la labor de ASPA y muy interesado por sus actividades. Elaboró este pequeño artículo para De sur a sur.

“Hola, soy Álvaro, cooperante trabajando en programas de agricultura y desarrollo rural de la Unión Europea en Myanmar desde 2018.

Mi familia y yo tuvimos que ser evacuados del país a finales de Marzo de este año, después del golpe militar del 1 de Febrero que depuso al partido de la premio Nobel Aung San Su Kyi, la Liga Nacional para la Democracia, el mismo día que iba a hacerse cargo del Gobierno tras su victoria en las elecciones de Noviembre de 2020.

Desde el golpe militar, que se sepa por los registros de la sociedad civil hay más de 1,000 personas indefensas muertas por disparos, masacradas o torturadas por el régimen militar y la policía, incluyendo mujeres y niños. Al mismo tiempo, la guerra civil entre los militares y las minorías étnicas que persiste desde hace décadas se ha recrudecido provocando ingentes desplazamientos de decenas de miles de personas huyendo de las áreas de conflicto. Y por si fuera poco, desde Junio se ha disparado la epidemia de Covid-19 partiendo de la frontera de la vecina India, desde donde se ha propagado la variante delta provocando más de 16,000 muertos y  434,000 infectados hasta hoy, que se tenga constancia.

A la vez que se confirman los peores augurios sobre el rápido empobrecimiento de la población a raíz del golpe militar y la epidemia, que podría afectar ya  a la mitad de los 53 millones de habitantes del país, la inseguridad y las restricciones de acceso al terreno y recursos por parte de las organizaciones de ayuda impiden cuantificar los daños ocasionados a la población más vulnerable y dirigir la ayuda de manera efectiva. Los pocos estudios de terreno disponibles ya alertan sobre un recrudecimiento de la situación de inseguridad alimentaria y nutricional de la población, sobre todo mujeres y niños, algo que se hará más notorio en los próximos meses.

A pesar de estas indicaciones tan alarmantes, desde el golpe militar de Febrero no ha habido una respuesta internacional de calado para hacer frente a tanto sufrimiento. Las agencias de Naciones Unidas no han lanzado ningún llamamiento global para organizar la ayuda humanitaria a gran escala como sería necesario después de una crisis tan grave. En la sede central del organismo en Nueva York se discute hoy quién debería representar a Myanmar en la Asamblea General de los próximos días, si el representante del gobierno depuesto que aun figura en el registro oficial, o un representante de la autoridad militar hoy en el poder.

Y poco más, de momento. Otro ejemplo de falta de voluntad: a buen seguro que los países más poderosos, y por ende las Naciones Unidas, se escudan en la poca visibilidad que ejerce Myanmar sobre el resto del mundo, convirtiéndose así en otra crisis olvidada. Mientras, los militares en el poder forjan lazos poderosos con Rusia y China para mantenerse en el poder. Las denuncias de los países occidentales sobre la situación en Myanmar han ido cayendo en el olvido, máxime tras el desvío de la atención mediática hacia la nueva crisis generada por occidente tras la salida de Afganistán, incluyendo un macro paquete de ayuda humanitaria que servirá para intentar salvar la cara ante el enorme fracaso de la intervención.

Como digo, esto enterrará aun más las esperanzas de la gente de Myanmar, condenada al olvido silencioso y de vuelta al oscuro periodo de represión militar que vivieron durante 50 años, antes de la breve y fallida transición hacia un gobierno civil iniciada en 2015, con las libertades y derechos que se esperaban de ella, y brutalmente interrumpida por el golpe militar de Febrero de este año.

Triste panorama que nos impide a mi y a mi familia hacernos ilusiones por volver a Myanmar en el futuro. De momento la inseguridad continúa en la calle, y los servicios básicos siguen paralizados. Nuestros esfuerzos de los últimos tres años por ayudar al país a liberarse de su oscuro pasado han sido seguramente en balde. Se impone otra vez la brutal fuerza de las armas, que acalla las esperanzas de la gente de Myanmar por un futuro más justo y humano. Vuelta a empezar, otra vez, con todo en contra pero con renovada energía. Hay tanto que aprender de los que sufren…”