Cooperación internacional en la protección del clima

La cooperación internacional en la lucha contra el cambio climático era un tema candente en la conferencia de Glasgow. Pero en ese mare magnum de Glasgow ¿Se entenderá a la madre Tierra como sujeto de dignidad y de  derechos? Porque pienso  en los cientos de dirigentes mundiales  que han estado en la ciudad inglesa dándole vueltas  y vueltas al problema del cambio climático, pero incapaces  de ir más allá de las palabras, los vagos propósitos  y las operaciones de lavado de imagen. Porque se “visten de verde”. Pero  todas las soluciones que  buscan, los planes que hacen, todo está dentro del sistema capitalista. Y dentro del capitalismo no hay solución.

 

La cooperación internacional en la protección del clima tiene sentido. Así, como botón de muestra, con ayuda alemana se están instalando en Ruanda hornos menos contaminantes. 90.000 ya se están utilizando en poblados de ese país y se planea que haya 40.000 nuevos hornos por año. El principal efecto es que se reduce considerablemente la tala de árboles para las fogatas tradicionales y disminuye la contaminación del aire en las viviendas. De este modo se evita la emisión de cerca de 270.000 toneladas de gases de efecto invernadero al año. El fondo para los hornos, que tienen un costo unitario de 100 euros, proviene de Alemania.

Así, de forma progresiva y desde hace 40 años, el medio ambiente, la lucha contra el cambio climático y la cooperación internacional estrechan lazos. En la Declaración de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Humano, Estocolmo, 1972,  que marca el inicio de la saga de las conferencias sobre medio ambiente, aparece por primera vez  una clara vinculación entre el medio ambiente y la cooperación al desarrollo: “[…] se requiere la cooperación internacional con  objeto de llevar recursos que ayuden a los países en desarrollo a cumplir su cometido en esta esfera”.

Sabemos que la  preocupación creciente acerca del calentamiento mundial originó la primera Conferencia Mundial sobre el Clima, Ginebra, febrero de 1979 y que concluyó que las emisiones de dióxido de carbono pueden tener un efecto a largo plazo sobre el clima. De hecho al  año siguiente se estableció el Programa Mundial sobre el Clima, proporcionando el marco de referencia para la cooperación internacional para identificar las cuestiones climáticas más importantes. Con la creación en 1990 del Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático, premio Nobel de la Paz en 2007, la cooperación científica internacional da un salto cualitativo. Este grupo a través de sus informes, juega un papel decisivo para la concienciación en torno a las relaciones entre actividad humana y cambio climático. Fruto de todos estos trabajos, en 1992, en la Cumbre de la Tierra, en Río, se firma la Convención marco de las Naciones Unidas sobre el cambio climático. Esta Convención fue clave para remover las conciencias centrándose  en:  reducción de emisiones  de gases de efecto invernadero, afrontar los impactos del cambio climático, observación sistemática  de datos relativos al sistema climático y educación, capacitación y sensibilización sobre el cambio climático. La Convención también incluye la cooperación del sector no gubernamental: “los países firmantes tendrán que estimular la participación más amplia posible en ese proceso de lucha contra el cambio climático, incluida la de las organizaciones no gubernamentales (artículo 4.1.i.)”. El Protocolo de Kioto, 11 de diciembre de 1997,  profundiza la Convención de 1992 y da un paso más al fijar, por primera vez, un compromiso de limitación de emisiones netas de gases de efecto invernadero.

Precisamente en este contexto  aparece  el trabajo de la Organización de Cooperación y Desarrollo Económicos, quien  publicó en 2006 la “Declaración Sobre la Integración de la Adaptación al Cambio Climático en la Cooperación para el Desarrollo”  donde expresa que los países miembros tienen que trabajar para integrar  al cambio climático en la planificación del desarrollo. Profundiza además en una guía para  la Cooperación para el Desarrollo  que intenta facilitar la comprensión de las implicaciones del cambio climático en la práctica del desarrollo  y determinar modalidades prácticas para que los donantes apoyen a los países socios en sus esfuerzos para reducir su vulnerabilidad a la variabilidad climática. Plantea que instituciones, movimientos sociales y ONGD asuman un nuevo paradigma de desarrollo que nos reconozca como ecodependientes e interdependientes,  intentando romper una lanza contra el sistema  en que vivimos, que  no pone la vida en el centro.

La cooperación es un medio para combatir el cambio climático en dos vertientes. Una como agente de ayuda al desarrollo en los países terceros con sus diversos proyectos y y otro como agente de cambio de las conciencias en el primer mundo a través de la educación al desarrollo.

Así, pues,  la finalidad de la cooperación para el desarrollo es conseguir la mejora de la calidad de vida y el incremento de capacidades de los hombres y mujeres de los países menos avanzados.  Y en este contexto, la cooperación para el desarrollo debe trabajar para favorecer modelos de crecimiento sostenibles y equitativos. Por su parte  los proyectos de Educación para el Desarrollo y sensibilización pasan a ser claves, pues una de las labores fundamentales de las organizaciones sociales debe ser generar conciencia crítica en la ciudadanía sobre las consecuencias climáticas   del modelo actual.  La incidencia política es una responsabilidad de las ONGD, pues otro de sus papeles fundamentales es exigir a las instituciones que apliquen políticas proactivas para paliar las consecuencias del cambio climático, pero también para erradicar las prácticas que perpetúan este modelo insostenible e inequitativo.

Y es que el  sistema de producción y consumo, y el modelo de vida en el que se basa nuestra civilización, se enfrentan a la naturaleza como si fuera una proveedora ilimitada e incondicional de recursos infinitos, de nuestra propiedad. Los seres humanos, lejos de entendernos como un elemento más dentro de un entorno en el que los recursos naturales y las otras especies forman parte del mismo ciclo de vida, nos hemos posicionado en la cúspide de una pirámide en la que utilizamos a las demás especies y  elementos naturales, como productos a nuestro servicio, de manera que la naturaleza es el ‘supermercado’ en el que consumimos, y el ‘basurero’ al que devolvemos nuestros residuos. Producimos y consumimos como si los recursos naturales y la capacidad de absorción de residuos de la naturaleza no tuvieran límites.

Sin embargo la cooperación al desarrollo choca con la misma pared que la conferencia de Glasgow: el sistema capitalista. Como dice en un pequeño artículo Antonio Zugasti “queremos construir una casa sobre arena, trayendo a colación aquello del evangelio de Mateo en la que Jesús habla de un hombre insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina. Todos estos políticos y dirigentes empresariales están tratando de construir las defensas contra el cambio climático sobre arena. Aquí la arena es la sociedad capitalista. Todas las soluciones que se buscan, los planes que se hacen, todo está dentro del sistema capitalista. Y dentro del capitalismo no hay solución.”

Los políticos y los grandes dirigentes empresariales  en un primer momento hicieron oídos sordos, incluso algunos intentaron negar esas amenazas, pero los datos eran cada vez más contundentes  y más difícil mantenerse en el negacionismo; así es que ahora la mayoría opta  por el lavado de imagen. En inglés le llaman greenwashing,  vestirse de verde, asegurar que son muy respetuosos con el medio ambiente y que sus productos son muy ecológicos. Cambiar las apariencias para que todo siga igual. Todo con tal de que la máquina de producción de beneficios siga funcionando.

Lo malo es que no son sólo los dirigentes empresariales  y los  grandes capitalistas los que no son capaces de cambiar. El capitalismo no es sólo un sistema económico, detrás hay una filosofía, una ética y unos valores  que llevan a una mentalidad y una forma de vivir, que ha logrado imponerse en nuestro mundo.  Las grandes mayorías en la realidad hemos abrazado, muchas veces de una forma inconsciente, esos valores y esa forma de vida.  Y un aspecto fundamental que esta mentalidad ha logrado introducir en nuestra sociedad es la forma de alcanzar la felicidad: comprando y consumiendo. Una esquiva felicidad que irrumpe en la mentalidad burguesa  gracias a una abrumadora publicidad. Todo es cuestión de tener dinero para comprar, y cuanto más, mejor.

Pero ese estilo de vida nos lleva a una imparable rueda de producción y consumo, con un inevitable  deterioro medioambiental. Algo que sólo podremos parar si, como sociedad, nos proponemos buscar nuestra felicidad por caminos distintos a los del consumo.  Asumir que somos ecodependientes: frente a la visión de la naturaleza como proveedora ilimitada, cuya consecuencia directa es el cambio climático, se plantea la visión de la sostenibilidad ecológica como una cuestión de supervivencia, condición indispensable para el mantenimiento de la vida, pero también como una cuestión política. Se plantea la ecología como una visión que supera el respeto por el medio ambiente, y propone un cambio estructural de modelo macroeconómico, y también de hábitos individuales y sociales de vida, en los que los parámetros del ‘buen vivir’ se definan en función de lo que es ‘una vida que merezca la pena ser vivida’.  Por otro lado  asumir que somos interdependientes: frente a la referencia del sistema neoliberal, que entiende a las personas como seres autónomos y la producción de bienes como el trabajo más importante, se plantea el reconocimiento de que todas las personas hemos necesitado, necesitamos y necesitaremos cuidados a lo largo de diferentes etapas de nuestra vida, e igualmente el reconocimiento social de los trabajos destinados al cuidado y de las personas que los realizan, de manera que pasen al centro de las prioridades los trabajos que se centran en la reproducción de la vida, desplazando a los que se centran en la producción de bienes.

 

Luis Pernía Ibáñez