No a las guerras, fabricando mentiras

En agosto de 1939 los jerarcas nazis pusieron en marcha un montaje conocido como “la falsa bandera” simulando un ataque polaco a la radio estación alemana de Griwice en Silesia, para lo cual utilizaron prisioneros polacos disfrazados de soldados “atacantes”, luego asesinados. Con esta mentira, Hitler desató la invasión de Polonia inaugurando la Segunda Guerra Mundial el 1 de septiembre de 1939, que costó más de 70 millones de vidas.

 Y es que estamos asistiendo a lo que ha sido una tónica a lo largo de la historia, pero que se ha agudizado en los últimos tiempos: las guerras de verdad con batallas de mentiras. La verdad es la primera víctima de las guerras, porque ni una sola guerra se ha justificado en lo que no sean falsedades. Las guerras no pueden ser buenas o gloriosas. Tampoco pueden justificarse como un medio para lograr la paz. Las mentiras son parte del paquete estándar.  Durante milenios las mentiras estuvieron antes y durante las guerras y han permitido que la confrontación bélica siga siendo una de nuestras herramientas de política pública. Se ha invocado la patria, la religión, la democracia, la cultura y, por supuesto, la paz.

Pero el recurso más recurrente es la seguridad. La seguridad no es una dimensión dada, objetiva e incuestionable, sino que es susceptible de numerosas interpretaciones, y como consecuencia, los análisis sobre seguridad dependen de la moral o de la perspectiva política de quien los realice. Sin embargo el complejo militar-industrial no es neutral e impone su lógica a gobiernos, medios de comunicación y a la población en  general.

Desde 1987, año en el que se fundó ASPA (Asociación andaluza por la solidaridad y la paz) era claro y motivador su objetivo de trabajar por la paz junto a la solidaridad. El colectivo siempre entendió  que la paz no era la ausencia de guerra, sino un modo de entender la vida desde la tolerancia, el respeto, el diálogo y la armonía con la Naturaleza. Asumimos la causa de la no violencia y desde siempre hemos participado en todas las movilizaciones contra la guerra. Incluso restañando las heridas como voluntarias en algunos conflictos como el de Ruanda, Nicaragua, y Sáhara Occidental.

Proponemos la lectura del libro Adictos a la guerra del norteamericano Joel Andreas como  un referente para conocer  las imposturas de la guerra,  donde siguiendo un poco su relato podemos entender  la adicción de Estados Unidos al armamentismo y  negocios que lo rodean. Podíamos haber cogido otro libro que hablara de cualquier otro país, pero elegimos el norteamericano únicamente por ser el primero en el ranking del empeño bélico.

El mensaje del libro quiere poner el énfasis en las muchas y diversas razones que se han utilizado y se utilizan para justificar las guerras. Sí, la guerra como una gran mentira.  Y desde ahí ver también los enormes gastos en armamentos, que provocan dramáticos recortes en los programas educativos, sanitarios, de vivienda, y de protección del medio ambiente. Sin olvidar actuaciones como la guerra contra el terrorismo que está siendo utilizada como excusa para erosionar las libertades civiles. Recordar también las gravísimas consecuencias de las guerras en la población civil.

Junto a ello entender que las futuras prioridades militares están aún muy lejos de los anhelos de paz de la gente. Los presupuestos de los ejércitos no han ayudado a luchar contra la pandemia del COVID-10, han sido precisamente todo lo contrario. Las tasas de infección de Estados Unidos, India y Rusia han sido de las más altas hasta ahora. Los intereses de estos países además de China, Francia Y Reino Unido se han centrado en mejorar el desarrollo de armas con inteligencia artificial que pueden buscar, rastrear, apuntar y potencialmente matar bajo el control de algoritmos, no de humanos. De hecho el incremento militar en el mundo ha sido del 0´7% en 2021 hasta alcanzar los 2´11 billones de dólares, un máximo histórico.

Quizá la prioridad no sea comprar armas, sino plantar bosques y conservar la naturaleza, concretando algunas propuestas:

  • Detener la carrera armamentista. Es la hora de firmar un acuerdo internacional vinculante para frenar el gasto en armamento.
  • Liquidar de raíz el tráfico de armas para desactivar las amenazas terroristas .
  • Redirigir parte del presupuesto militar para asegurar el cumplimiento de los acuerdos de París.
  • Revertir el presupuesto militar en los objetivos de desarrollo sostenible para 2030. Erradicar la pobreza, combatir la desigualdad y crear millones empleos verdes.

Ante la debacle de la guerra de Ucrania y de las otras guerras “olvidadas” nuestro empeño será junto a otras organizaciones hermanas poner el foco en los aspectos educativos y en los alegatos contra la violencia redentora de las guerras haciendo que ante el desastre nos preguntemos: ¿Dónde están esos cientos de millones de neuronas, que hacen emerger la conciencia? Todo está en nuestra mano. Solo tenemos que coger el dinero que gastamos en matarnos e invertirlo en salvar el presente y el futuro de la vida en la Tierra.

A lo mejor el mensaje final es aquel viejo mantra bíblico “convirtamos las espadas y lanzas en azadas y podaderas”

Luis Pernía Ibáñez